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Juan Vicente Yago
Martes, 10 de julio de 2018

Con veinte hasta los ochenta

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Opinió, per Juan Vicente Yago.

[Img #20652]Permaneceremos con veinte hasta los ochenta. Concentraremos ocho décadas en dos. Seremos jóvenes carcamales, ancianos a pleno rendimiento, estantiguas hiperactivas. Las edades del hombre quedarán reducidas a una brevísima niñez y una juventud vitalicia. La incomodidad que supondremos para nuestros padres alcanzará tal magnitud que lograrán hacernos «autónomos» en menos de un año; y luego, tras un curso preparatorio, totalmente autodidacta, en que aprenderemos a manejar dispositivos electrónicos, accederemos a una completísima y caótica educación, por medio de Internet, que nos permitirá llegar al colmo de la capacidad, al nirvana estudiantil, al chilindrón de la pericia, que no es otro —según los últimos avances pedagógicos— que autoadministrarnos el conocimiento. A los veinte seremos ingenieros, médicos, abogados, pilotos, fontaneros, inspectores de hacienda, barrenderos o registradores de la propiedad, y estaremos perfectamente preparados para el más acendrado hedonismo.

 

Confinaremos el alma en una muy oculta y lóbrega mazmorra y, estimulados por los maravillosos descubrimientos de la ciencia, nos dedicaremos a conservar el cuerpo en una suerte de mocedad imperecedera. Iremos cumpliendo años, pero será como si no los cumpliéramos. Pura formalidad sin deterioro ninguno. Vitaminas concentradas, electro casei, bífidus y demás virguerías químicas nos preservarán el interior, y un intenso bombardeo comercial nos convencerá de que podemos estar continuamente activos. Tendremos cuarenta, sesenta, ochenta, pero seguiremos en los veinte. Saldremos de viaje, trotaremos, bailaremos, trasnocharemos y volveremos encorvados pero alegres, arrastrando achaques, collares y maletas. Todo es cuestión de actitud.

 

Estaremos arrugados, pero estiradamente; derrengados, pero disimuladamente; achacosos, pero no aparentemente. Tendremos ochenta de años, pero veinte de atuendo; estaremos cojos de cuerpo, pero no de intelecto; y si carracas de intelecto, nunca de talante. Agitaremos nuestras veinte octogenarias primaveras a ritmo de anuncio. No habrá límites para nuestros huesos recalcificados, nuestras articulaciones relubricadas, nuestra piel rehidratada y nuestro pelo reimplantado. Se acabaron las cuchufletas de los chavales, sus miradas por encima del hombro, su insultante conmiseración. Seremos todos unos y los mismos. Lo dice la tele. Lo exige la moda. Lo permite nuestro vacío. Tendremos ochenta, pero tendremos veinte.

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