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Joan Banyuls
Miércoles, 21 de febrero de 2018

Melancolía

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Opinió, per Joan Banyuls.

[Img #17091]Dicen que los días lluviosos son propicios para que la melancolía invada nuestro ánimo, y el día en que escribo este artículo ha amanecido cubierto y con las calles mojadas.  Sin embargo, no puedo evitar que incluso en los días más claros y despejados la desazón llame a mi puerta, y deje un poso de intranquilidad y tristeza a mi alrededor, sobre todo si la causa de mi desasosiego la busco en la actual situación política. 


Quizá es que no se ver con profundidad que a todas las formaciones políticas, más tarde o más temprano, les acaba afectando el mismo mal, o, al menos, presentan síntomas de contagio del mismo «virus». Y en este estado melancólico me suelo poner melindre, y me da por evocar el pasado. Recuerdo cuando llegó la democracia a este país. Yo tenía 10 años cuando murió el dictador, y ví con mis ojos de pre-adolescente, primero, y de adolescente, después, la transformación de la sociedad en la que yo había vivido. 


La libertad era un bien preciado que al fin se nos daba, aunque en aquellos años la lacra terrorista -la de derecha y la de izquierda- se empeñó en acabar de nuevo con ella. No lo consiguieron. Con el espíritu y el ánimo joven me interesé por la política, y llegue a conocer a personajes públicos que ayudaron a convertir en una sociedad moderna a unos estamentos anquilosados y extemporáneos. 


Personas como Felipe González, en el gobierno central, Joan Lerma, en nuestra comunidad autónoma, o Salvador Moragues y Pepa Frau, e incluso el grato recuerdo de José Vicente Sáenz de Juano, en Gandia, quedarán siempre en mi memoria como pilares fundamentales de la consolidación de la democracia y de la evolución hacia la modernidad de nuestra sociedad. 

 

Después llegaron los años oscuros, fruto del desgaste de los gobernantes de izquierda: la España de José María Aznar, marcada por el apoyo a una guerra infame basado en una mentira; la destrucción de la autonomía valenciana perpetrada por Eduardo Zaplana y Francesc Camps, de la cual aún no nos hemos recuperado; y más tarde el gobierno de Arturo Torró en Gandia, modelo de lo que no debe ser un dirigente político. 


En la más firme tradición antidemocrática, el PP de Gandia ha sido un ejemplo de como acabar con el mandamás de turno a traición: a José Vicente Sáenz de Juano, lo pasaportaron para meter a Rosa Fuster, a la cual despidieron para dar entrada a Fernando Mut, el cual a su vez fue desfenestrado para que ocupara su lugar Arturo Torró, que fue el único que consiguió ser alcalde. Y ya saben lo que ocurrió, y lo que pasa en el PP de Gandia entre Víctor Soler y exalcalde. 


Esto solo ocurre en un lugar donde la traición y los malos compañeros de partido conviven junto con los leales y fieles a sus ideales políticos. Esta manera de entender la política, de que en los partidos políticos se premie más al besucón y al pelota del lider de turno - que se dedica conspirar mucho para medrar en su formación y a trabajar poco por ella-, no va conmigo. Ya les digo que esta enfermedad acaba por intoxicar todas las opciones políticas, pero en el PP se ha convertido en crónica. 


¿De verdad queremos que nos gobierne alguien con estos «apoyos» y esa falta de lealtad y de intelecto? Pues ustedes verán, porqué la democracia les da el poder del voto, que es quien quita y pone al final.  Dejémonos de mediocridades y vayamos a la esencia, al valor y a la inteligencia. ¿Es mucho pedir un poco de reflexión y criterio?

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