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Miquel À. Morant
Miércoles, 7 de febrero de 2018

Ser, antes que hacer o que tener

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Opinió, per Miquel Àngel Morant.

H ace unos días me enfrentaba a la pruebas de italiano y de inglés de la Escuela Oficial de Idiomas. Mi nivel no es excesivamente alto, de hecho estoy en el primer curso del intermedio. Eso sí, llevo años estudiando inglés y de hecho llevo más tiempo en mi vida peleándome con la lengua de Joyce, Faulkner o Shakespeare, con sus distintas peculiaridades y variantes. Me resulta insufrible la forma en que se escurre de mis oídos cuando intento entender lo que dicen los «guiris» que vienen de vacaciones a nuestra tierra o en las canciones de The Rolling Stones, aunque es verdad que con los años he aprendido a cantar algo más que los estribillos de las canciones de The Beatles. 


Pero me sigo viendo limitado a la hora de emitir mensajes intelectualmente descifrables para mis interlocutores británicos, anglosajones o que simplemente se expresan internacionalmente con más soltura y facilidad en inglés. Vamos, que no alcanzo a entender su estructura mental a la hora de simplificar una buena oración subordinada dentro de una coordinada que a su vez depende de un sintagma nominal omitido... Lo dicho, con lo que nos gusta a nosotros, los hispanohablantes, «meter» un «que» relativo en lugar de un punto y seguido.  
Con el italiano me pasa algo totalmente opuesto. Parece sencilla la causa: por el carácter latino y su origen común con el castellano y el valenciano. La nota que me ha hecho plantearme este escrito es que con el italiano solo llevo 3 o 4 años practicando y aprendiéndolo. Y con el inglés llevo 25 años. ¿Por qué cuesta tanto aprender un idioma cuando ya no eres un niño?


Por la necesidad. I think so... Porque nos las apañamos para pedir más caramelos aunque sea solo con gestos, pero si no nos hacen caso, ya metemos algún «berrido» y si la cosa no termina de funcionar entonces recurrimos a un contundente «por favor» y un «gracias» que lo completa. O cuando somos pequeños y expresamos nuestro dolor de garganta al sentirnos enfermos; o si necesitamos identificarnos con nuestros semejantes en el patio del colegio para no ser los apestados del recreo...; o cuando necesitamos decirle a esa chica o a ese chico que nos gusta lo suficiente como para querer pasar más tiempo con él o ella; o cuando necesitamos responder a las preguntas de una entrevista de trabajo... 


Por eso están llenas las academias de idiomas, las escuelas oficiales y los profesores particulares cotizan al alza cuando se trata de aprender un idioma que nos permita tener un título. Gente que busca una segunda oportunidad, que aún no ha perdido la esperanza y sigue siendo lo suficientemente joven para intentar enderezar su camino, su profesión o sus inquietudes. Si en la infancia (y a lo largo de toda nuestra vida) nos informaran, nos dieran más herramientas para descubrir qué somos en lugar de introducirnos la idea de «tener» o «hacer» para llegar a ser, todos nosotros tendríamos mayor probabilidad de elegir en función de lo que somos para realizarnos y lograr algo que no se mide en términos de éxito, si no de felicidad o paz interior. 


Nos empeñamos en hacer o realizar acciones para tener y poder presumir de nuestras posesiones. Pero a menudo, las posesiones se desactualizan y necesitamos renovarlas para mantener ese estado de felicidad material. Por tanto, vivimos prisioneros dentro de un bucle en el que somos lo que tenemos y lo que tenemos siempre es insuficiente, somos entes insuficientemente desarrollados para vivir en paz con nosotros mismos. 

 

Y todo esto ¿ a qué viene? Muy sencillo. Como ya he dicho antes, muchos no sabemos lo que somos. Yo al menos no lo sabía hasta hace poco.  Hace unas semanas me preguntaron a que me dedicaba. En ese momento dije que no estaba haciendo nada. Y es verdad. En ese momento no estaba haciendo nada. Nada que la sociedad pudiera evaluar en su baremo de éxito/no éxito. Pero estaba haciendo algo increíblemente positivo. Me estaba encontrando. Estaba descubriendo a qué me iba a dedicar el resto de mi vida. Y si con ello puedo ayudar a que otros seres puedan hacer lo mismo, mi vida habrá tenido el mayor de los sentidos. Quiero ser un facilitador de herramientas para que niños, jóvenes y no tan jóvenes sepan qué son y que se desarrollen en base a este planteamiento para alcanzar su plenitud. 


A todo esto, debo expresar mi enorme alegría por haber aprobado las pruebas de la Escuela Oficial de Idiomas y estar un pasito más cerca de mi objetivo. Es un pequeño paso. Pero es un paso en la dirección correcta y además es un paso firme.    

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