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Joan Banyuls
Miércoles, 8 de noviembre de 2017

Surrealismo

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Opinió, per Joan Banyuls.

No corren tiempos muy decorosos para la política ni para los políticos, si tenemos en cuenta el estado de agitación que invade últimamente a nuestra sociedad por culpa de la nefasta actuación de algunos de los dirigentes actuales. No creo que a nadie se le escape que me refiero al asunto que acontece en Cataluña, aunque bien es verdad que todo este embrollo no es sino la culminación de una degeneración en lo político de los representantes públicos. 


Vengo observando, desde hace ya algún tiempo, que en las listas que elaboran los partidos políticos no se incluye a la gente más despierta a la hora generar ideas, o de crititicar positivamente la acción de los gobernantes, desde la oposición, o de los propios compañeros, cuando se gobierna, ni se premia el trabajo serio y honesto, primando por encima de todo la lealtad al líder y el poder de consecución de votos. 


Está claro que es muy importante para conseguir el triunfo en una elecciones que el máximo dirigente de una formación política cuente con el apoyo de sus propios militantes, pero esta ayuda se confunde muchas veces con la obediencia perruna, lo cual desvirtúa tanto al partido como a sus ideales, base fundamental para el desarrollo de políticas concordantes con el ideario político de cada formación. Así pues, nos encontramos entre los cargos elegidos a personas a las cuales se les ha pedido más adulación que capacitación, y más cantidad (de votos) que calidad (de votos, también). 


Es evidente que en todas partes cuecen habas y que ningún partido político se escapa del «retortero», pero donde se observa mayor incidencia de todos estas perversiones (políticas) es sin duda en el Partido Popular. Desde que llegó Arturo Torró a la política, el partido de la derecha ha presentado unas listas, salvo honrosas excepciones, con personas más dispuestas a callar, consentir, celebrar, aplaudir y loar a su líder, por pésimo que fuera, que a criticar, reconvenir y discrepar con él por sus exabruptos. 


Últimamente se nos quiere convencer de que el partido de la gaviota en Gandia sólo tiene un líder, Víctor Soler, al cual siguen todos con fe ciega, incluido el propio Arturo Torró. Permítanme una carcajada, o mejor, una cínica sonrisa ante tamaña situación. El esperpento de la entrevista doble de Soler y Torró en una emisora de radio dejó clara la devoción de ex-alcalde por su “líder”: ochenta por ciento del tiempo consumido por Torro, veinte por ciento por Soler. ¡Bravo, así se demuestra la coyuntura!. Por otra parte, hay una locución latina de origen medieval que dice «excusatio non petita, accusatio manifesta», o, lo que es lo mismo, «quien se excusa, se acusa». 


Porque esa entrevista tuvo lugar para acallar los rumores de que entre los dos no se llevan bien, y de que andan a la greña por la elaboración de la próxima candidatura del PP para las elecciones municipales del 2019. Por lo visto, los rumores se han convertido en voces estentóreas que rayan en la algarabía, ya que todos quieren colocar a sus «leales» en la alineación titular. Y así están las cosas, pugnando por el poder y desatendiendo su labor de oposición, aunque lo intente Guillermo Barber mintiendo con ruindad sobre el asunto del Teatro Serrano y el fin de la concesión, cuando el sabe perfectamente que la responsabilidad es suya y del gobierno en el cual participó la legislatura pasada. 


Siendo afín a Torró estará intentando ganarse su plaza con cualquiera de los dos, ¡quién sabe!. De todas formas, esto no hace sino confirmar el mal camino que está emprendiendo la política, y de la responsabilidad que tenemos todos los ciudadanos en cuidar que estos hábitos perversos no acaben infectando a todas las formaciones. Tendríamos un panorama surrealista que envidiaría el propio Salvador Dalí. 

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