Juan Vicente Yago
Brian
Opinió, per Juan Vicente Yago.
OCUPADOS en las vaciedades que surgen a borbotones de nuestra inexistencia nacional, pocos —por no decir ninguno— de los medios de comunicación españamandurrios han dedicado más de una nota insignificante a la muerte de Brian Wilson, alma mater de los Beach Boys y genio indiscutido, por indiscutible, de la música pop. También juega en contra de Brian el hecho, cruel pero cierto y común a tantos personajes insignes, de haber sobrevivido con mucho a su época, entendida como los años de mayor éxito y difusión de su música —por supuesto sin perjuicio de su vigencia, que la tendrá siempre y será mayor, si cabe, con el paso del tiempo—.
El caso es que manda la información de consumo, de interés efímero y pronta caducidad —la información que tanto conviene a la martingala política—, y se da la noticia estricta, el suceso mondo y lirondo, sin amplitud ni profundidad, sin referencia ni trascendencia, sin altura ni temperatura humana. Por eso la muerte de Brian Wilson se ha dado como la esquela marginal de un viejo músico, como la necrológica circunstancial de una personalidad que tuvo su lugar y su momento en el programa y panorama social de unas generaciones pasadas, cuando no es cierto en absoluto. En la música de Brian, que son las canciones de los Beach Boys, hay algo más, algo distinto, porque además de músico fue buscador, inconformista, perfeccionista, empedernido explorador de nuevos caminos, de nuevas formas y maneras de tocar, con la melodía, el corazón de quienes la escuchan. Conmovió, como tantos otros músicos, a los jóvenes de su generación; pero también ha conmovido, como casi ninguno de los otros, a las generaciones posteriores.
Yo escuché, con oídos e imaginación primaverales, las canciones de Brian; sentí el anhelo de sublimidad que transmiten su voz, su asombroso falsete y su imperceptible transición entre registros —pensé, las primeras veces, que Brian eran dos cantantes—; acompañé los idealismos difusos y los heroismos fantásticos de la mocedad con los coros inefables de los Beach Boys, con la eufonía sublime de sus acordes que para sí hubieran querido, pobres, monótonos y limitados imitadores, los Beatles. No encontré, a finales de los ochenta, mejor banda sonora de mis asombros y tristezas vernales que aquellas canciones de dos décadas antes. Y siete lustros después, mientras voy rompiendo mi otoño, el ocre de los cansancios, la quebradiza hojarasca que se arremolina junto al portillo de la vejez reverdece con la magia de Good timin’, de Keep an eye on summer, de God only knows, de The warmth of the sun, de California girls, de Love and mercy o de —risueña melancolía, gratísimo empalago, patético delirio— Getcha back.
Los Beach boys destilaron la esencia de la juventud con la deslumbrante alquimia de Brian Wilson, con su continuo hallazgo de ocultas bellezas e insospechadas posibilidades del estilo. No importa la edad que uno tenga, la generación a la que pertenezca: Brian deja dentro el brillo feliz de sus armonías, el sol estival de su voz y la espuma blanca de su falsete. Se vuelve a sentir uno capaz de surfear la existencia; de contemplar atardeceres y de atisbar, desde la oscuridad y el silencio, desde la bendición del mundo aparte, original, maravilloso y solitario, henchida la mirada con mil reflejos de inocente suposición, las luces de la costa.
Es uno joven de nuevo, como no deja nunca de serlo en el trance onírico; y hasta le parece un extraño, por un momento, en un descuido, el espectro que ha visto al pasar frente al espejo. No importa que la prensa no haya glosado apenas la figura de Brian. La prensa ya no glosa casi nada porque se desglosa en los pesebres de la política. La glosa de Brian está en sus canciones intemporales y en la eterna primavera que nos devuelven; en la sensación del todo por descubrir que nos renuevan; en la curiosa, gozosa, esperanzada novedad que volvemos a experimentar aunque no nos corresponda; en el arrebatador espejismo de hallarnos al principio del camino. Hasta la prosa reverbera mejor si Brian suena de fondo.
OCUPADOS en las vaciedades que surgen a borbotones de nuestra inexistencia nacional, pocos —por no decir ninguno— de los medios de comunicación españamandurrios han dedicado más de una nota insignificante a la muerte de Brian Wilson, alma mater de los Beach Boys y genio indiscutido, por indiscutible, de la música pop. También juega en contra de Brian el hecho, cruel pero cierto y común a tantos personajes insignes, de haber sobrevivido con mucho a su época, entendida como los años de mayor éxito y difusión de su música —por supuesto sin perjuicio de su vigencia, que la tendrá siempre y será mayor, si cabe, con el paso del tiempo—.
El caso es que manda la información de consumo, de interés efímero y pronta caducidad —la información que tanto conviene a la martingala política—, y se da la noticia estricta, el suceso mondo y lirondo, sin amplitud ni profundidad, sin referencia ni trascendencia, sin altura ni temperatura humana. Por eso la muerte de Brian Wilson se ha dado como la esquela marginal de un viejo músico, como la necrológica circunstancial de una personalidad que tuvo su lugar y su momento en el programa y panorama social de unas generaciones pasadas, cuando no es cierto en absoluto. En la música de Brian, que son las canciones de los Beach Boys, hay algo más, algo distinto, porque además de músico fue buscador, inconformista, perfeccionista, empedernido explorador de nuevos caminos, de nuevas formas y maneras de tocar, con la melodía, el corazón de quienes la escuchan. Conmovió, como tantos otros músicos, a los jóvenes de su generación; pero también ha conmovido, como casi ninguno de los otros, a las generaciones posteriores.
Yo escuché, con oídos e imaginación primaverales, las canciones de Brian; sentí el anhelo de sublimidad que transmiten su voz, su asombroso falsete y su imperceptible transición entre registros —pensé, las primeras veces, que Brian eran dos cantantes—; acompañé los idealismos difusos y los heroismos fantásticos de la mocedad con los coros inefables de los Beach Boys, con la eufonía sublime de sus acordes que para sí hubieran querido, pobres, monótonos y limitados imitadores, los Beatles. No encontré, a finales de los ochenta, mejor banda sonora de mis asombros y tristezas vernales que aquellas canciones de dos décadas antes. Y siete lustros después, mientras voy rompiendo mi otoño, el ocre de los cansancios, la quebradiza hojarasca que se arremolina junto al portillo de la vejez reverdece con la magia de Good timin’, de Keep an eye on summer, de God only knows, de The warmth of the sun, de California girls, de Love and mercy o de —risueña melancolía, gratísimo empalago, patético delirio— Getcha back.
Los Beach boys destilaron la esencia de la juventud con la deslumbrante alquimia de Brian Wilson, con su continuo hallazgo de ocultas bellezas e insospechadas posibilidades del estilo. No importa la edad que uno tenga, la generación a la que pertenezca: Brian deja dentro el brillo feliz de sus armonías, el sol estival de su voz y la espuma blanca de su falsete. Se vuelve a sentir uno capaz de surfear la existencia; de contemplar atardeceres y de atisbar, desde la oscuridad y el silencio, desde la bendición del mundo aparte, original, maravilloso y solitario, henchida la mirada con mil reflejos de inocente suposición, las luces de la costa.
Es uno joven de nuevo, como no deja nunca de serlo en el trance onírico; y hasta le parece un extraño, por un momento, en un descuido, el espectro que ha visto al pasar frente al espejo. No importa que la prensa no haya glosado apenas la figura de Brian. La prensa ya no glosa casi nada porque se desglosa en los pesebres de la política. La glosa de Brian está en sus canciones intemporales y en la eterna primavera que nos devuelven; en la sensación del todo por descubrir que nos renuevan; en la curiosa, gozosa, esperanzada novedad que volvemos a experimentar aunque no nos corresponda; en el arrebatador espejismo de hallarnos al principio del camino. Hasta la prosa reverbera mejor si Brian suena de fondo.
























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