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Una de las señas de identidad más firmes de Wimbledon es la estricta etiqueta de vestimenta: los jugadores deben vestir de blanco casi en su totalidad. Esta norma se remonta al siglo XIX, cuando se creía que el blanco ayudaba a disimular el sudor, algo considerado inapropiado en la época victoriana.
Sin embargo, esta regla ha traído sus controversias. En 2013, Roger Federer fue advertido por llevar zapatillas con suela naranja. Y en 2022, incluso se flexibilizó ligeramente el código para permitir que las jugadoras pudieran usar ropa interior de otro color durante su periodo menstrual. Un pequeño paso hacia el sentido común, sin romper del todo con la tradición.
Durante casi un siglo, las pelotas de Wimbledon fueron blancas, acorde con el estilo del torneo. Pero en 1986 se introdujo un cambio inesperado: pasaron a ser amarillas. ¿La razón? La televisión.
Con la llegada de las retransmisiones en color, las pelotas blancas resultaban difíciles de seguir en la pantalla, especialmente sobre el césped. Así que, en un gesto revolucionario para los estándares del torneo, Wimbledon se adaptó al ojo del espectador televisivo.
Si hay algo que Wimbledon ha resistido con uñas y dientes, es la intervención de la tecnología en el juego. Sin embargo, la presión popular y el avance de otros torneos obligaron a dar un paso adelante.
En 2007 se incorporó por primera vez el sistema de "ojo de halcón", que permite a los jugadores revisar decisiones arbitrales dudosas. Para un evento tan arraigado en la tradición oral del juez de silla y las líneas pintadas con tiza, fue todo un terremoto. Pero lo cierto es que hoy el Hawk-Eye forma parte del espectáculo, con el público esperando el veredicto en la pantalla gigante como si se tratara del VAR del tenis.
Aunque Wimbledon evoca tradición y etiqueta, el mundo de las bet no ha quedado al margen de su evolución. Una curiosidad poco conocida es que, hasta hace unas décadas, apostar durante el torneo se consideraba de mal gusto en ciertos círculos británicos, casi una irreverencia al espíritu deportivo del evento.
Sin embargo, hoy en día las apuestas Wimbledon son de las que más volumen generan a nivel mundial. De hecho, las casas de apuestas han tenido que ajustar sus modelos algorítmicos específicamente para la superficie de césped, la más rápida y menos predecible del circuito. Incluso existen mercados en vivo tan específicos como predecir si un jugador cometerá doble falta en un juego determinado o si se utilizará el ojo de halcón para revisar una bola crucial.
Durante décadas, los recogepelotas de Wimbledon eran reclutados de escuelas militares, lo que daba una imagen de extrema disciplina y sincronización. Sin embargo, desde los años 90, el torneo abrió la convocatoria a estudiantes civiles. Aun así, el entrenamiento sigue siendo estricto: se valora la precisión casi coreográfica al entregar y recoger las pelotas.
Wimbledon sigue siendo el único Grand Slam que no acepta publicidad en sus pistas, que obliga al uso de ropa blanca y que sirve fresas con nata como símbolo del verano británico. Pero tras esa fachada tradicional, late un torneo que ha sabido transformarse sin perder el alma. Porque incluso en el césped más sagrado del tenis, el cambio es inevitable… aunque siempre llegue con etiqueta
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