Sábado, 04 de Julio de 2026

Juan Vicente Yago Juan Vicente Yago
Jueves, 27 de Marzo de 2025

Mea culpa

Opinió, per Juan Vicente Yago.

[Img #96770]CONFIÉSATELO. Reconócetelo. Si quieres me lo confesaré y reconoceré yo, con tal de confortarte y animarte a dar el primer paso —el que más cuesta— en el camino a ser mejor. Confesémonos y reconozcámonos indiferentes. Tan indiferentes que nos dejó fríos el espectáculo de muerte y destrucción que vimos en directo y a través de las pantallas; que nos importaron un bledo los testimonios desgarradores que surgían donde quiera que mirásemos; que desviamos la mirada y echamos aire por el oído cada vez que nos llegó una imagen, un sonido, un eco de la zona maldita; que nos hicimos cruces de lo poquísimo que faltó para que nos pillara el desastre cuando pasamos por allí, montados en el columpio ferroviario, minutos antes de que la corriente lo engullese todo.

 

Por los pelos, nos dijimos, entre susto y alivio; por los pelos, repetimos, pensando sólo en lo nuestro, en lo que hacíamos, en lo que nos ocupaba. No nos queda sitio para los demás, para los otros, para lo ajeno, y no porque vayamos llenos de nuestras cosas, que son casi ninguna, sino porque preferimos el vacío al incordio del prójimo. Ignoramos de dónde ha salido tanta egolatría, pero el caso es que ha salido, que domina el cotarro y no hace amago alguno de marcharse.


Nos ha dado igual, confiésatelo como yo me lo estoy confesando. Los hemos visto desgañitarse y tirarse de los pelos; llorar y perder los estribos; manotear su impotencia y dejar, desfallecidos, que la rabia los domine; ofrecer la estampa triste de la desesperación. Y no hemos movido un dedo. Ni tú ni yo. De nada nos ha servido la teoría, el sabernos unos con los otros, compañeros de viaje, camaradas todos en la misma peregrinación. Hemos actuado como si no fuéramos de la misma especie, o no tuviésemos la misma dignidad. Incluso nos ha fastidiado la insistencia, la machaconería informativa, el empeño infame de meternos en casa el drama, los detalles ominosos, las aristas morbosas y la lividez de los inundados. Tampoco nos conmovieron las manos de la frustración y el despecho impresas en los muros de la burocracia, ni la patética ofuscación que llenó de barro a los reyes, ni las muecas doloridas, ni los lagrimones, ni las voces rotas. Nada hizo mella en la imperturbable indiferencia que nos gastamos o nos desgasta, con que nos cubrimos o nos descubre. Confiésatelo.

 

Reconócetelo. ¿No ves que yo me lo estoy confesando, que me lo estoy reconociendo? ¿Por qué sigues tú en tus trece, contumaz del demonio? No ganas nada negándotelo; y a mí, que me lo he reconocido para darte pie, me dejas en evidencia. Debes afrontar la vergüenza de tu carácter, de tu natural indiferente y egoísta, para poder huir, antes de que zarpe, de la barcaza infernal. Hazlo para que tus contorsiones y rebullires —el mal de san Vito de tus remordimientos— no pongan sobre aviso al viejo e irascible barquero, porque si fija en ti su espantosa mirada, si repara en ese vivo que, despistado, se agita entre los espectros que se dispone a transportar, de nada servirán tus explicaciones, tus ruegos ni tus alaridos. Caronte no atiende a razones, y no te dejará escapar. Te mantendrá en el esquife a rebencazo limpio. Así que huye ahora que puedes; desembarca reconociéndotelo, corre confesándotelo, y no pares hasta que notes algo parecido a la compasión.

 

Yo te acompaño, porque también lo necesito. Apartémonos juntos de la tenebrosa orilla de la Estigia. Reconozcámonos indiferentes. Confesémonos apáticos e inconmovibles. Entonemos a voz en grito el mea culpa. Nos hará bien. Será un comienzo; un estremecernos y removérsenos las entrañas. Dicen que produce un calorcillo agradable. No perdemos nada por intentarlo; y, en cualquier caso, no es bueno seguir en este limbo, semivida o semimuerte, del ensimismamiento que se nos vuelve sima, fosa, huesa y osario.

 

Porque lo hemos visto —nos lo han mostrado hasta la náusea— y nos ha importado un pimiento; lo hemos oído —hubo días en que no se oía otra cosa— y sólo nos ha preocupado el retraso en los trenes y la pesadilla del tráfico, aunque la pesadilla —tú lo sabes tan bien como yo— la llevamos dentro, en el asqueroso pegote de nuestra indiferencia.


Soy consciente de lo que cuesta reconocerlo, confesarlo; de lo distantes que parecen los próximos cuando les ocurre algo malo —tanto como cerca se nos antojan cuando triunfan—; de lo cargante que puede ser el réspice ajeno. Pero el mío no lo es, porque sale de un carácter como el tuyo, de una cobardía similar y de la misma indiferencia, de modo que puedes considerarlo de tu propia cosecha y sancionado por tu propio intelecto.


Has visto a los voluntarios, pero has buscado explicaciones alternativas a su abnegación y su altruismo porque tú no supiste o no quisiste sentirlos. Has intentado cambiar de tema, dejar atrás el asunto, esconderlo en la gaveta del pasado; pero no es posible porque la cosa va para largo, porque la zona está en coma y costará lustros que reviva, que se mueva con la soltura de antaño. La única solución aceptable, que sería una reconstrucción gratuita y completa con cargo al erario, más un desvío monumental del condenado barranco, no llegará, no se hará, y aquello puede ser pasto de piratas, buitres y especuladores.

 

Pero a ti eso no te preocupa. Ya funciona el tren y se han despejado las carreteras, por lo que no te hace falta nada —bueno sí: que se pague de nuevo el billete y no haya ociosos abarrotando vagones—; lo tuyo ha vuelto a la normalidad, y a los demás —¡ay!— que les den morcilla. Se la darán, sí, pero con el queso rancio de la usura. Ni a ti ni a mí nos importa; pero yo al menos me lo he reconocido, me lo he confesado. ¿Cuándo lo harás tú? O mejor: ¿lo harás alguna vez? No hace falta que sea en este mismo instante, pero dime al menos que lo pensarás, que no renunciarás a la poca humanidad que te queda. No quisiera verte a la luz sulfurosa de la Estigia, uno más en la traílla de Caronte, esperando ser llevado al averno.


Todos esos jóvenes que has visto ayudando no van para juntarse con otros jóvenes; no aprovechan el trajín de la limpieza para exhibirse y alternar, y sólo llevan esas mallas indecentes por comodidad. No hay en sus actos una motivación paralela. Ese maquiavelismo se te ocurre únicamente a ti, que tienes la mente retorcida. Son jóvenes porque la tarea requiere fuerza física y optimismo sin límites, y están ahí por pura solidaridad, aunque a ti eso te parezca inverosímil.


Y no busques ahora, en uno de tus típicos giros, ningún pretexto; porque si hay cosas que no puedes hacer, también hay otras que sí. El problema —nuestro problema— es la insensibilidad; la misma que nos invade cuando el cataclismo es en Beirut o en Haití, sólo que ahora es más flagrante por la proximidad, por estar pasando a un tiro de piedra y negar nosotros un auxilio inexcusable y hasta una compasión obligatoria. No somos los únicos, lo sé; hay muchos más que miran sin hacer nada, como hay muchos que no miran siquiera, y bastantes que discurren formas de aprovechar esta desgracia. Siempre hay un grado más de maldad, un peldaño más abajo en la escalera del abismo. Dejarse llevar por el declive, arrastrar por la inercia, es lo más fácil.

 

El peso de nuestra carne lo hace todo. Pero aguza el oído; escucha lo que nos espera cuando lleguemos abajo: falta poco, y puedes percibir ya el horrísono clamor que sale del fondo. Son los llantos y el rechinar de dientes, el inimaginable suplicio del escarmiento infructuoso, el enloquecedor griterío de los que han reconocido su error fuera de plazo. No sigamos bajando; parémonos aquí, en este rellano, y esforcémonos en ver a estos damnificados como si fuéramos nosotros mismos.

 

No están al otro extremo del planeta, en esos lugares cuya existencia nos parece casi fantástica, sino aquí mismo, a nuestro lado, a dos paradas de tren. Pongámosles nuestra cara. Veámonos en ellos. Eso nos dará el vigor necesario para vencer la gravedad y ascender lo descendido, para subir peldaños en el pozo negro de la deshumanización, para dejar esta escalera de piedra viscosa y fría, y salir a la luz y a la calidez de un día sereno. Quizá te parezco poético, pero sólo soy fidedigno.

 

La vida humana, pese a sus épicas, es una constante lírica. “Poesía y verdad”, como escribió Goethe. Y el resto son escorias, pegotes y suciedades que nos endiña el maligno. Recházalos; reconócetelos; confiésatelos. Yo cabalgo hacia esa batalla, y te invito a que me acompañes. Recibiremos heridas en la refriega —heridas honrosas—; pero estaremos libres, en cuanto iniciemos la marcha, de la oscura mazmorra de la indiferencia, del pozo del báratro y el péndulo de Lucifer.

 

Comentarios
Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.10

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.