Día Martes, 02 de Junio de 2026
Día Martes, 30 de Junio de 2026
Juan Vicente Yago
Ni bulos, ni bolas, ni balas, ni bolos. No está el peligro en los bulos, que los hubo antes, los hay ahora y los habrá siempre; como no está el fin del mundo en el calor, que lo hizo en el pasado, lo hace ahora y lo hará en el futuro; y como no está el riesgo en la semilla, que llevó, lleva y llevará en sí el poder de germinar y crecer. El riesgo, el peligro y hasta el fin del mundo están en la tierra donde cae la semilla, en la manera de afrontar el calor y en el porcentaje de ignorancia que haya en el aire cuando vuelen, circulen o lluevan los bulos.
Porque las mentiras no son hechizos infalibles, venenos contra los que no existe antídoto. Los bulos, una vez recibidos, han de ser procesados y luego aceptados o rechazados; han de pasar por el filtro del criterio, y de la mayor o menor solvencia del criterio dependerá el mayor o menor poder infeccioso del bulo. De modo que si los bulos han llegado a suponer un peligro para la sociedad no es porque haya más o se hayan vuelto más virulentos, sino porque la sociedad se ha vuelto más ignorante y, por tanto, más vulnerable. La extensión y el daño del bulo depende, fundamentalmente, de las tragaderas del gentío, de la credulidad popular.
Aunque parezca mentira, nunca se timó al populacho con tanta facilidad; jamás hubo tantas cabezas huecas como ahora, cuando, paradójicamente, más llenas parecen estar. Incluso puede que la saturación sea el problema; el apoplético cúmulo de necedades; la obesidad audiovisual, mórbida y sórdida, toxica y retóxica que sobreviene al paisanaje cuando se lo echa todo a la boca.
No se pueden poner puertas al campo de las filtraciones informativas. No se puede impedir que timen al bobo mientras no deje de serlo. Eso lo sabe la cúpula del trueno como lo sabe cualquiera, y por eso no es verosímil que anhele defender al vulgo de la protervia mediática, como tampoco lo es que sienta la más mínima inquietud al respecto. Más bien hay barruntos bien acreditados de que culmina un proceso que viene de largo, cuyo primer estadio consistió en generar unos niveles de ignorancia tan efectivos como inaceptables, tan ciertos como letales y tan perniciosos como incuestionados; y cuya segunda fase, que vivimos ahora, es la de vender a las masas el cromo de que alguien, algo, una mala voluntad, un miasma perverso intenta convencerlas de las infinitas bondades del extremismo en el conservadurismo, de que hay un extraño vapor que derrite la sesera en cuanto se inhala, y de que sólo un paladín del progresisismo, un caballero del Febo —del cebo, aseguran las malas lenguas— puede librarles de semejante debacle.
Ha vuelto la escuela política del susto, la doctrina del peligro inminente, la triquiñuela del coco. Y la falacia del superhombre, del guía, del caudillo, del amado líder, del abnegado camarada que concentra las mejores cualidades de la raza. Una mofa que se había mantenido inviable durante décadas pero que vuelve a serlo por la ignorancia colectiva, por la incultura creciente, por la memez contagiosa y por la ultraísta —buscar «ultraísmo» en el diccionario— pura pena de no saber por qué.
Nos amedrentan con los bulos, con los espectros de la desinformación y los endriagos de la mentira, pero lo que debería darnos auténtico miedo es la ignorancia que los hace reales.
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