Día Martes, 02 de Junio de 2026
Día Martes, 30 de Junio de 2026
Ver la carretera llena el domingo estando el gasoil prohibitivo es casi tan inexplicable como ver que a nadie le parece raro formar parte de la sociedad que más ansiolíticos consume. Vivir sin ansiolíticos en la Españona se ha convertido en una gesta, en un acto heroico, en una imposible pirueta física y mental que pocos, muy pocos, pueden lograr.
Lo del ingreso mínimo vital está muy bien —para mí vitalicio, si es posible—, como lo de las ayudas a todo quisque —una por aquí, gracias—, pero al racimote ministerial, con tanto secretario y subsecretario, le pasa desapercibido lo que ya es, desde hace tiempo, el martirio de los asalariados: el agobio, el nerviosismo, las ansiedades y los ataques de pánico. Igual que hay sillas ergonómicas para la espalda, o reposamuñecas para los metacarpianos, hacen falta medidas para que al personal no se lo coman los nervios, no se lo coma el trabajo, no se lo lleven los demonios.
El objetivo 2030 en lo laboral ha de ser que podamos vivir sin ansiolíticos; salir a por los niños y volver; estirar las piernas un rato; hacer, con el salario de un empleado, el trabajo de un empleado. Estamos en el siglo XXI, señores, y seguimos acabando la jornada más allá de las 19:00; llegando a casa con el tiempo justo para la ducha, la cena y una breve hibernación. Eso es frustrante, desesperante y muy estresante. Las nuevas generaciones ya no lo aceptan, y por eso hay tantos empleos que no se cubren. Si empieza uno a las 8, debe salir a las 15:00 —a las 15:00 en la calle, no empezando a recoger—.
Más allá son ansiedades y angustias. No es galbana, es dignidad, y los jóvenes han llegado milagrosamente —desde la infancia consentida, la ignorancia inducida y la sordidez audiovisual— a esta conclusión revolucionaria. Han hallado, además, la piedra filosofal, el truco del almendruco, la magia liberadora, el portillo secreto que la masa obrera llevaba siglos buscando sin éxito, la sublime taumaturgia de cuya imposibilidad nos habían convencido los poderes políticos, los poderes económicos y los poderes en la sombra, que son los peores porque obedecen al capricho de gentes aburridas: que se puede vivir sin trabajar. La coacción del hambre ha volado por los aires. Ahora es el aspirante quien pone las condiciones.
El niño malcriado, maleducado y blandengue ha salido, por una carambola inexplicable, tan arrojado, insolente y temerario —tan azote de la patronal— como un outsider de campanillas. Todos los caminos llevan a Roma, y si en el pasado se alcanzaba la indestructibilidad por las privaciones y las penalidades, en el presente se alcanza por todo lo contrario. Cuando se ha tocado fondo y se ha sobrevivido se pierde por completo el miedo; pero también se pierde por no haber llegado a tenerlo, por inconsciencia pura, por indiferencia radical y por ausencia cósmica de principios y de proyectos.
El nuevo proletario impone su conveniencia porque así lo ha mamado; porque no conoce otra cosa y no quiere conocerla; porque si no, nada, que tengo ayudas, el tren es gratis, están mis padres y para una falta me saco en la manga dos fuets y cuatro sobaos.
Parece que la revolución obrera del siglo XXI se hará sin tiros ni barricadas; que la carga se iniciará por donde nunca se había iniciado y dejará —ya está dejando— estupefactos a los jefesotes; que se logrará, de forma pacífica y con el mismo ningún diálogo de siempre, lo que no se había logrado en milenios de reivindicaciones y revueltas: trabajar sin tomar ansiolíticos; que habrá una clase obrera sin ansiedades ni depresiones, una masa laboral que no tomará benzodiacepinas y trabajará como nunca se ha trabajado: sin el menor espíritu de servicio y con el mayor desprecio al cliente, al paciente, al preguntante, al conciudadano. Todos los caminos llevan a Roma, en efecto, pero cada uno tiene sus gajes. De momento, y mientras culmina esa revolución, seguiremos yendo a por el récipe, a por el fármaco de olvidar el jueves y afrontar el viernes.
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