Jueves, 04 de Junio de 2026

Juan Vicente Yago
Martes, 01 de Agosto de 2023

El horario

Opinió, per Juan Vicente Yago.

[Img #76054]La ingenuidad no se pierde nunca por completo; siempre queda un remanente, un rastrojo, una viruta residual que, para más poder hu-millarnos, finge haber desaparecido mientras pervive aguardando su oportunidad en las alcobas de la experiencia, que son, de las tenebrosas anfractuosidades de nuestra calavera, las que menos recelo despiertan, de las que menos esperamos un descuido, porque allí guardamos los antídotos contra el engaño. 

 

La experiencia nos acredita de gatos viejos, nos certifica el culo pelado, nos da una confianza traidora que más de una vez nos echa por tierra en lugar de sos-tenernos. Es lo que pasa, por ejemplo, con el horario; con el concepto de horario y con los horarios concretos, que uno ha creído conocer a lo largo de su vida y que, sin embargo, le clavan el pasmo en el co-gote a la primera distracción. Porque sabe uno del horario que impera con fuerza omnímoda en fábricas y talleres; que impone su rigidez en almacenes, oficinas y garitos obsolescentes patroneados por jefes tontos —de los que todavía queda una muchedumbre incomprensible, descorazonadora y vergonzosa—, por jefesotes aferrados al absurdo categórico de que más presencialidad supone más productividad; que manda en fábricas, talleres, almacenes, oficinas y garitos habitados por semiesclavos a los que se trocó el «vive y deja vivir» por el «si se fastidia uno se fastidian todos», principio infantiloide y obtuso que haría reír si no hiciese llorar. 

 

Sabe o creía saber uno, por experiencia propia, que la dictadura del horario sólo existe ya en las formas primitivas del trabajo, en las calcificaciones, las excrecencias y las estalactitas laborales. Pero se queda uno alelado, por ejemplo, una tarde, frente a cierta variante jerárquica y esbirriforme del trabajo en un sector que se supone o debe suponerse dinámico y moderno; frente a un auténtico fósil viviente y sonrojante que compara este sector con la empresona contigua; frente a un verdadero cretino que ignora las nuevas y estimulantes prácticas de las corporaciones pun-teras y prefiere la elusión general a la responsabilidad voluntaria, el disimulo a la eficacia y el fastidio crónico a la motivación; frente a una cabeza cuadrada y un cerebro de mosquito incapaz de comprender que si largarse a menos diez con el trabajo acabado garantiza el éxito, aguardar sin sentido a que dé la hora siembra el descontento. 

 

Hace falta ser tarugo para preferir el horario a los objetivos, para quemar al personal en vez de incentivarlo, para vivir centrado en lo accesorio y no en lo importante. Y como hasta en el taruguismo hay grados, la cosa puede oscilar entre lo pasable y lo sangrante según el sector y la índole del trabajo en cuestión. 

 

Por eso mi asombro fue mayúsculo el otro día, cuando contemplé la memez del corchete de marras, y el susto y la humillación de los pobres diablos que se dejan poner el grillete del horario en pleno siglo XXI, que se dejan ultrajar la categoría profesional y que llevan, timoratos y afligidos, capirote de sumisión y collar de identificación. 

 

El sabueso maldito, el infame alguacil insistía sin tregua en lo del horario, en la sandez del horario inflexible, inamovible, contraproducente y retonto —del horario fuera de sus contextos previsibles, útiles y lógicos—; la sota de bastos —el hombre feo, si melenudo, tres veces feo— cogió al infractor con la guardia baja y el sentido común en perfecto equilibrio: “entiende que no lo entienda”, fue la única y enfadada respuesta que recibió. 

 

La sota lanuda, la sota estajanovista, la vil sota servil quedó entonces inmoble, absorta y como colgada; como procesando la cosa sin querer procesarla; como confusa, como irresoluta, como atontada; como sa-biendo que sí pero aferrándose al no; como exhibiendo aplomo sin acabar de lograrlo. Hubo algo en su figura —un algo vago, etéreo, impreciso— que sugería perplejidad. 

 

El díscolo aprovechó ese ins-tante para salir al tiempo que la sota capilarísima, bamboleando greñas y rumiando bochornos, volvió adentro, a la sordidez y al gregarismo, al inquietante sosiego del horario y la rajatabla. 

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