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Día Martes, 30 de Junio de 2026
MENOS LOBOS, el intelecto artificial y la robótica, porque irán siempre a rebufo de la inventiva humana. Menos infulotes, la cibernética, porque ningún artilugio ha logrado superar la picaresca del sapiens. No bastan chips ni grafenos; ni chats ni mandangas. No hay normativas que valgan: cuando la ciencia ficción va, el bípedo implume, Alfarache curtido en mil refriegas, hace tiempo que ha vuelto.
Considérese, al efecto, que la cuestión de la jornada laboral enfrenta hoy a quienes piden que se rebaje a seis horas y a quienes prefieren que se mantenga en ocho; una discrepancia empeñadísima en que unos y otros blanden argumentos de todo tipo, y que dista mucho de haber concluido; una controversia de lo más enconada que, a nivel teórico, está en sus inicios como quien dice, pero que a nivel práctico hace tiempo que fue superada, porque nadie trabaja hoy, en junto, más de seis horas al día —cinco e incluso cuatro, según el ámbito y el sector, si de apurar se trata—.
El pillastre milenario desarrolla estrategias, escaqueos y subterfugios que todavía no ha soñado el superconductor; elucubra, pule y aplica en un soplo, en un relámpago, en menos, un ocio que compensa el exceso de tarea; equilibra instantáneamente un fardo con una descarga, una orden con una exoneración; te la da con queso —se la da con queso al jefe— sin mediar electricidad ni algoritmo. Pura magia. Prodigiosa telequinesia instantánea que se gesta en el pensamiento, en el espíritu, en las pocas o ningunas ganas de trabajar. Fenómeno portentoso, aptitud sublime, inmaterial, con la que no pueden competir los procesos físicos. La taumaturgia del escaqueo utiliza los agujeros de gusano del atavismo y la rebeldía, que se transmiten de generación en generación diluidos en éter intelectual.
No hay suficientes ceros y unos en el universo para un simple acercamiento. Es otra dimensión, imperceptible, inaprehensible, invencible, y tan sustantiva como cualquier otra. El 3 de abril de 1919 se aprobó en España la jornada laboral de ocho horas. Es un hecho histórico perfectamente constatable; como también lo es, aunque de otra manera —de una manera exclusivamente humana y, por tanto, imposible para una máquina— que aquellas ocho horas reglamentarias pasaron espontánea, inmediata, maravillosamente a tres o cuatro ratos efectivos.
Era el hechizo, el sortilegio y la prestidigitación; lo inasequible para el artilugio; lo vetado a lo programable, por mucho que aprenda solo —este sin tilde, sres. academicísimos—; lo incomprensible y no infundible al cerebro electrónico. Entre saludos y cafés, entre ocurrencias y arbitrariedades, entre paseos y disimulos, entre búsquedas gratuitas y traslados innecesarios, entre improvisaciones y malabarismos, entre almuerzos y papiroflexias, entre hidrataciones, confidencias, murmuraciones y parloteos las ocho acaban siendo cuatro, birlibirloque supremo que ya era costumbre antes del ordenador. Los códigos —legales e informáticos— y la inteligencia sintética no pueden alcanzar a nuestra inteligencia viva e inasible. Tardarán siempre algo en lo que nosotros no tardamos nada.
Está el debate instalado en si nos reducen la jornada y la semana, cuando hace un siglo que las hemos demediado; cuando hace más, como lo demuestran todos los Zajares de todos los Oblomovs decimonónicos. Hecha la ley hecha la trampa; y contra el abuso el escaqueo, esa nivelación caprichosa, versátil e impredecible de la que nada saben los aparatos; esa sisa que se le hace a la jornada sin permiso ninguno, por libérrima iniciativa y a instancias del amor propio. El razonamiento automático no es capaz de originalidad ni de inspiración, como las administraciones públicas viven completamente al margen de la iniciativa popular. La jornada laboral de seis horas —y de menos— lleva siglos operativa en la Españona, con lo que sería un detallazo, en el siglo de la digitalización, refrendarla en el BOE.
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