Viernes, 19 de Junio de 2026

Juan Vicente Yago
Miércoles, 31 de Mayo de 2023

Anciano venerable

Opinió, per Juan Vicente Yago.

[Img #73969]Los que peinamos canas —unos más y otros menos, por capricho de la genética, pero todos entrados en los mis-mos o parecidos años— comprobamos estupefactos que la expresión «anciano venerable» parece disolverse como un azucarillo en el café. Y enseguida, meditando en esta desintegración, caemos en la cuenta de que otras muchas expresiones, elaboradas durante siglos por la sabiduría popular, también se disgregan o aparentan disgregarse, arrastradas por una suerte de iconoclasia conceptual.

 

Digo «parece» y «aparentan» porque lo cierto es que no han perdido espontáneamente su significado, sino que han sido arrumbadas en el desván de las incómodas verdades como templos. Todo anciano, por el hecho de serlo, por su condición desvalida, por su fragilidad y, sobre todo, por su experiencia —el conocimiento inherente a la vida larga— es y será siempre venerable. Merece respeto y deferencia por mucho que hoy, desde la superficialidad, la inmadurez y la egolatría, se los nieguen.

 

Este siglo del gimnasio, el tardeo, el narcisismo, la bohemia y las parejas con perro ya no venera la edad provecta. Las multitudes gozan de un ocio tan abundante y lleno de atractivos que les parece un crimen desperdiciarlo en los ancianos; y el que tiene a su cargo un pariente viejo lo percibe como impedimento, como lastre, como bola de hierro en el pie. Ya no lo reverencia como fuente de riqueza espiritual. Ya no lo considera una oportunidad para mejorar. Simplemente no sabe dónde ponerlo, ni qué hacer con él, ni qué porción de su ocupadísimo tiempo libre dedicarle.

 

No ha dejado nunca de ser venerable, pero se ha vuelto —lo han vuelto— incomodísimo. En las jornadas hodiernas no hay hueco para el abuelo, por venerable que siga siendo. Por eso se ha inventado la residencia compartida, la comuna geriátrica, el coliving senil, ese horrendo falansterio donde viejos acompañan viejos y quebranto llama quebranto para consuelo mutuo y liberación de juventudes. Periclita el hogar de la tercera etapa y empieza el cohousing del achaque, nuevo lazareto donde la decrepitud suena el cencerro y oculta sus llagas.

 

Es, en cierto modo, una consecuencia de la felicidad impostada que rezuman las redes antisociales, del bonitismo absoluto y la marroquinería carnal que lo acapara todo. La vejez será venerable, pero es fea, y la fealdad es la lepra del siglo XXI. En las fichas digitales del populacho —ese maquillaje gráfico al que la plebe ha reducido su existir— no caben los malhumores ni las contrariedades. Tampoco los viejos. Nada ni nadie que desmejore la despampanante lozanía de nuestro avatar, que viene a ser nuestro segundo yo, nuestro yo remozado, idealizado, fílmico y espurio. Los viejos al cohousing, al coliving, a las Malvinas, al arrabal carcamal, a envejecer juntos y alejados, apartados, proscritos del huracán de las vanidades, las exuberancias y las condenaciones. Cuando esté viejo de valerme poco no me llevéis a un cohousing postrimero, a un anticipo de la huesa. No me dejéis entre achacosos como yo.

 

Evitad que vea mi ruina multiplicada en el más deprimente salón de los espejos. Libradme del coliving pavoroso, de la comierda vetusta, de la cosarna, la cotiña y la comomia nonagenaria. Permitid que me arrastre mientras pueda, escaleras arriba, tomando asiento en cada peldaño, para llegar a mi escritorio. Ponedme cerca el camastro. Proporcionadme comida y agua, tinta y papel. Consideradme un ermitaño, un pobre anacoreta que acrisola su espíritu entre riscos y asperezas. Pero no consintáis que presencie otra decadencia que la mía. No atormentéis mi ocaso con el de otros. No me arrojéis a un podridero colectivo. Dejad que mi cuerpo reviente tranquilo y mi espíritu inicie su ascenso desde mi casa querida y particular. Cuidadme o no me cuidéis, pero no me quitéis lo venerable.

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