Candanchú
Opinió, per Juan Vicente Yago.
NOSECUÁNTOS millones del erario —no se olvide que son del erario— invertidos en reflotar una compañía semivenezolana. Esto nos hace soñar con chilindrones caritativos; nuestra imaginación vuela entre universos filantró-picos, y se abre ante nosotros un inmenso abanico de posibilidades, como reflotar de paso a Kinshasa wings, que tanto ha sufrido la pandemia, o a Malawi Airlines, o a Calcuta Flies, o incluso a mí mismo, que con sólo dos o tres millones me vendría, siempre modesta y comedidamente, sin excesos ni bufonadas, muy arriba.
El caso es que reflotamos, que reflota el gobierno, que la cúpula del trueno reflota un aerolinorro semiextranjero, una empresa cuasiforánea, un algo parcialmente ajeno mientras Candanchú, que no es Candanchú sino miles de trabajadores ibéricos que se ganan el pan allí, está quebrando, boqueando, echando el cierre a causa de la pan-demia. Candanchú cerrará, y si no cierra será gracias al auxilio de un consorcio empresarial, de una solidaridad privada, porque la solidaridad na-cional, estatal, ministerial, ectoplasmática y fantasmagórica está en las Ba-tuecas, en Babia —capital de la luna—, en Venezuela, en allende y no aquí, en el aquende pirenaico y candanchú.
Candanchú, en su digna materialidad, es un conglomerado ingente de camareros, oficiales de mantenimiento, instructores, recepcionistas, cocineros, vigilantes, proveedores, administrativos, pintores, cristaleros, limpiadores, taquilleros, transportistas, fontaneros, carpinteros y cerrajeros, todos de aquí mismo, de la Españona más o menos evanescente que nos alberga, que gastan aquí lo que cobran y llevan a sus hijos a colegios de aquí —siendo «aquí», en este caso, una zona bastante despoblada, vaciada, que busca vecindario, ambientillo y reactivación económica—.
Candanchú es también una empresa en horas bajas. Está, como yo, mal de dinero. Requiere, lo mismo que yo, una inversión potente, generosa, desinteresada: una subvención a fondo perdido por parte del gobierno, banda, combinado, infrutescencia o lo que sea que rige allá en Madrid los negociados que distribuyen la guita; un rescate gratis como el de los bancos. Hay dinero de sobra. Millones para dar y tomar —tome yo, toméis vosotros—; quilmas a rebosar de rutilantes doblones, de jugosos maravedís que se dan a una compañía semivenezolana, semiultramarina y semiextranjeril, a unos paniaguados vaya usted a saber de qué y de quién.
Es como si hubiese un tejemaneje inextricable, abajamanado, sospechosísimo en la oficina de pagos; una largueza misteriosa que reflota semivenezuelas y olvida can-danchús y escritores. Con lo bien que me iría un milloncejo, un pico, una rebañadura, un asiento minúsculo, cagarruta de mosca en la columna del Debe rescaticio; un dinero que revertiría —me comprometo alborozada-mente a ello— en el comercio autóctono. Exactamente lo mismo que pasaría en Candanchú: insuflar pasta en Candanchú salvaría un sector de nuestra sociedad, combatiría una peligrosa caquexia que, para justificar definitivamente la subvención, es meramente coyuntural porque muerto el covid se acabará la crisis, y eso llegará tarde o temprano. Luego, a la hora de las devoluciones,
Candanchú y un servidor se pondrían obedientemente a la cola junto a la compañía cuasivenezolana de marras, el gobierno catalán y algunos bancos, que sería el sosiego, el alegrón y el regalo de no pagar nunca. Señores del gobierno: Candanchú y este humilde ciudadano son perfectamente conscientes de la importancia vital que tiene la comunicación aérea entre Venezuela y España para la economía patria; de lo imprescindible que ha sido cubrir su boquete financiero; y por eso rebajamos nuestra petición a la mitad, en el caso de Candanchú, y a la décima parte —incluso menos— en el del insignificante súbdito que les habla.
Ya ven que nos conformamos con poco; que no tenemos la menor intención de resultar gravosos; que únicamente nos hemos atrevido a pedir algo —poco, nada, una minucia— por haber presenciado la extraordinaria munificencia, el admirable desprendimiento, el asombroso rumbo que permiten y el apabullante superávit que sugieren unas cuentas del estado que tanto dan de sí. Candanchú y el azacán que garrapatea estas líneas tienen plena confianza en que serán escuchados por su magnífico, mirífico, ecuánime gobierno, ese gobierno que socorre compañías cuasiextranjeras y reparte dinero a manos llenas.
Yo y Candanchú quedamos, hasta que tenga lugar el pertinente consejo de ministros, con la mirada tensa, expectante, fija de los niños en los bautizos, escrutando el gobierno como ellos escrutan el balcón, esperanzados, ilusionados, nerviosos, eufóricos, anticipando el triunfo con las bolsas bien abiertas. Los bancos resurgen, las aerolíneas levantan cabeza, las cajas desbordan caramelos. Démonos albricias, cantemos victoria, pues no quedaremos defraudados. Candanchú saldrá pronto a flote, y este pobre parolero, este fámulo de ustedes anda como loco de alegría por las calles, haciendo las cuentas de la lechera. Me van a perdonar mis augustos camaradas las cabriolas y las zapatetas, pero no es habitual encontrarse, a la vuelta de la esquina como quien dice, la vida solucionada. Por menos las hizo don Quijote.
NOSECUÁNTOS millones del erario —no se olvide que son del erario— invertidos en reflotar una compañía semivenezolana. Esto nos hace soñar con chilindrones caritativos; nuestra imaginación vuela entre universos filantró-picos, y se abre ante nosotros un inmenso abanico de posibilidades, como reflotar de paso a Kinshasa wings, que tanto ha sufrido la pandemia, o a Malawi Airlines, o a Calcuta Flies, o incluso a mí mismo, que con sólo dos o tres millones me vendría, siempre modesta y comedidamente, sin excesos ni bufonadas, muy arriba.
El caso es que reflotamos, que reflota el gobierno, que la cúpula del trueno reflota un aerolinorro semiextranjero, una empresa cuasiforánea, un algo parcialmente ajeno mientras Candanchú, que no es Candanchú sino miles de trabajadores ibéricos que se ganan el pan allí, está quebrando, boqueando, echando el cierre a causa de la pan-demia. Candanchú cerrará, y si no cierra será gracias al auxilio de un consorcio empresarial, de una solidaridad privada, porque la solidaridad na-cional, estatal, ministerial, ectoplasmática y fantasmagórica está en las Ba-tuecas, en Babia —capital de la luna—, en Venezuela, en allende y no aquí, en el aquende pirenaico y candanchú.
Candanchú, en su digna materialidad, es un conglomerado ingente de camareros, oficiales de mantenimiento, instructores, recepcionistas, cocineros, vigilantes, proveedores, administrativos, pintores, cristaleros, limpiadores, taquilleros, transportistas, fontaneros, carpinteros y cerrajeros, todos de aquí mismo, de la Españona más o menos evanescente que nos alberga, que gastan aquí lo que cobran y llevan a sus hijos a colegios de aquí —siendo «aquí», en este caso, una zona bastante despoblada, vaciada, que busca vecindario, ambientillo y reactivación económica—.
Candanchú es también una empresa en horas bajas. Está, como yo, mal de dinero. Requiere, lo mismo que yo, una inversión potente, generosa, desinteresada: una subvención a fondo perdido por parte del gobierno, banda, combinado, infrutescencia o lo que sea que rige allá en Madrid los negociados que distribuyen la guita; un rescate gratis como el de los bancos. Hay dinero de sobra. Millones para dar y tomar —tome yo, toméis vosotros—; quilmas a rebosar de rutilantes doblones, de jugosos maravedís que se dan a una compañía semivenezolana, semiultramarina y semiextranjeril, a unos paniaguados vaya usted a saber de qué y de quién.
Es como si hubiese un tejemaneje inextricable, abajamanado, sospechosísimo en la oficina de pagos; una largueza misteriosa que reflota semivenezuelas y olvida can-danchús y escritores. Con lo bien que me iría un milloncejo, un pico, una rebañadura, un asiento minúsculo, cagarruta de mosca en la columna del Debe rescaticio; un dinero que revertiría —me comprometo alborozada-mente a ello— en el comercio autóctono. Exactamente lo mismo que pasaría en Candanchú: insuflar pasta en Candanchú salvaría un sector de nuestra sociedad, combatiría una peligrosa caquexia que, para justificar definitivamente la subvención, es meramente coyuntural porque muerto el covid se acabará la crisis, y eso llegará tarde o temprano. Luego, a la hora de las devoluciones,
Candanchú y un servidor se pondrían obedientemente a la cola junto a la compañía cuasivenezolana de marras, el gobierno catalán y algunos bancos, que sería el sosiego, el alegrón y el regalo de no pagar nunca. Señores del gobierno: Candanchú y este humilde ciudadano son perfectamente conscientes de la importancia vital que tiene la comunicación aérea entre Venezuela y España para la economía patria; de lo imprescindible que ha sido cubrir su boquete financiero; y por eso rebajamos nuestra petición a la mitad, en el caso de Candanchú, y a la décima parte —incluso menos— en el del insignificante súbdito que les habla.
Ya ven que nos conformamos con poco; que no tenemos la menor intención de resultar gravosos; que únicamente nos hemos atrevido a pedir algo —poco, nada, una minucia— por haber presenciado la extraordinaria munificencia, el admirable desprendimiento, el asombroso rumbo que permiten y el apabullante superávit que sugieren unas cuentas del estado que tanto dan de sí. Candanchú y el azacán que garrapatea estas líneas tienen plena confianza en que serán escuchados por su magnífico, mirífico, ecuánime gobierno, ese gobierno que socorre compañías cuasiextranjeras y reparte dinero a manos llenas.
Yo y Candanchú quedamos, hasta que tenga lugar el pertinente consejo de ministros, con la mirada tensa, expectante, fija de los niños en los bautizos, escrutando el gobierno como ellos escrutan el balcón, esperanzados, ilusionados, nerviosos, eufóricos, anticipando el triunfo con las bolsas bien abiertas. Los bancos resurgen, las aerolíneas levantan cabeza, las cajas desbordan caramelos. Démonos albricias, cantemos victoria, pues no quedaremos defraudados. Candanchú saldrá pronto a flote, y este pobre parolero, este fámulo de ustedes anda como loco de alegría por las calles, haciendo las cuentas de la lechera. Me van a perdonar mis augustos camaradas las cabriolas y las zapatetas, pero no es habitual encontrarse, a la vuelta de la esquina como quien dice, la vida solucionada. Por menos las hizo don Quijote.



















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