Miércoles, 15 de Julio de 2026

Juan Vicente Yago
Lunes, 26 de Abril de 2021

El jefe tonto

Opinió, per Juan Vicente Yago.

[Img #47909]NO muestres talento, que despertarás envidias. No destaques, que te pierdes. No repliques, que te buscas la ruina. No aportes nada, no colabores, no ayudes, no exhibas habilidad ninguna, porque no te lo agradecerán, recelaran intenciones ocultas y es muy posible que, además, utilicen lo que hayas hecho —señalando errores ficticios, subrayando negligencias que no lo son, deformándolo todo a conciencia— para hundirte. Aquí los méritos no valen; sólo cuenta en amigueo, el amigueteo, el amigorroteo. Observa, inocentón, que los nuevos, en lugar de poner lo suyo a disposición de la cosa, invierten su inteligencia y su energía colegueando a todo trapo, forjando lazos intrascendentes y edificando solidísimos parapetos de frivolidad. El cotorreo del rato libre, la risotada falsa, el aplauso lagotero, el acatamiento ciego, la sumisión fingida y hasta el mismo silencio alcanzan ascensos y consolidan empleos. Cualquier servilismo que halague la personalidad acompleja-da, la inutilidad encubierta del «jefe». Puede que todavía no hayas encontrado el sitio correcto, y que tu experiencia no refleje la norma general —yo pienso que sí—, pero la cuestión es que, ya en tu lugar de trabajo, ya en el de otros, no has visto nunca una persona de talento que dirija el cotarro.

 

Lo que sí has visto, y en muy alarmante cantidad, son camarillas de mediocres —o de completos ineptos— manoseando el timón, dándole vueltas al buen tuntún o al mal avío de su cochambroso entendimiento mientras la tripulación, repleta de individuos válidos pero poco ambiciosos, calla, otorga y soporta en silencio los bandazos de la incompetencia. Debe ser, por tanto, el cafeteo, la parola del tiempo muerto, la complicidad en la estulticia, la simpatía natural que brota entre los tontos lo que abre las puertas de la integración, la consideración y el trabajo fijo. Por eso resulta con-movedoramente ingenuo el esfuerzo del recién llegado.

 

Su exquisita delicadeza, su enorme disponibilidad y sus continuos ofrecimientos causan hastío a quienes andan ocupadísimos en amarrar su vulgaridad a la del resto. Hastío en el mejor de los casos, cuando el nuevo es correntito y pasa desapercibido; porque si destaca en algo, si posee alguna cualidad —profesional, física, o las dos— que le dé brillo, es miedo lo que inspira: ese miedo cerval, ese terror pánico de los que no entienden el progreso como denuedo propio sino como abajamiento de los demás. Hay que integrarse como sea en el rebaño, pertenecer cuanto antes a una camarilla, impersonalizarse —despersonalizarse— para disolverse. No tener otros principios que los de la mayoría. Los equipos directivos están repletos de tontos engreídos, de tontos finchados que se huelgan de ocupar poltrona y dar órdenes; de inlíderes que conjuran los argumentos del subordinado espetándole un seco, pueril y bo-chornosísimo “¡no hables y escucha!”. Es el grito, el escudo y el refugio del tonto. La dictadura del tonto. Cuántos atontados llegan al mando.

 

Un fenómeno que podría ser de gran utilidad si los puestos de mando fuesen almacenes de lastre y aparcaderos de torpes; pero siendo, como son, todo lo contrario —puestos de privilegio desde los que obtener para la empresa lo mejor del talento que atesoran sus miembros—, la estultocracia viene a resultar calamitosa. La raíz de los males que intoxican a la España está hundida en el cieno del jefe tonto que todo lo reduce a su enanismo, su ignorancia, su menopausia, su inestabilidad y su neurosis. Aquí se padece, más que cualquier otra cosa, el acomplejamiento y el marrajeo, la suspicacia, la cobardía y el inmovilismo: el miedo del tonto al inteligente. Pero el jefe tonto, aunque tonto y jefe, tiene sus límites.

 

El jefe tonto no será nunca expresión máxima de nada más que del jefe tonto, porque no aprecia nada fuera de sí mismo. Es el rey —o el esclavo— del monólogo, del absurdo y de la empanada mental. Un jefe tonto vive feliz con su limitación, con su tara, con su atrofia y su jefesismo a pesar de que lo postran, lo incapacitan y lo ridiculizan. Lo malo viene cuando los impone a su alrededor, cuando trata de reducirlo todo a su escuchimizamiento. Sólo cabe, ante sus berrinches y sus despropósitos, poner cara de bobo, de póker, de nada, seguirle la corriente y burlarse un poco, siempre de rostro para dentro. No debe pasarse nunca por alto que los jefes tontos tienen los amores propios más grandes, ni suponer que ignoran su mediocridad. Son jefes que han alcanzado la jefesez por enchufe, por antigüedad/insistencia o por pura chiripa, y una vez allí se han acomodado, han visto claro que no les tosería nadie y han renunciado al engorro de la superación.

 

Por eso hay tantos establecimientos faltos de un jefe digno, tantas plantillas admirables dirigidas por un idiota, tantos talentos cohibidos por un pelagatos. El jefe tonto se acaba creyendo su propio embuste, la fábula que ha inventado para ocultar y ocultarse la propia memez; y anda por la empresa, por la oficina, por el centro aplicando a todo quisque su tiranía paternalista o su paternalismo tiránico —su complejazo, su arbitrariedad y su melopea—; y se crece cuando el novato voluntarioso deja que lo avasalle. Cuidado con el jefe tonto, porque te lo encontrarás donde menos te lo esperes. Acecha en la sombra como el tío del escobazo en el tren de la bruja. Es el coco, el desequilibrio, la inquietud, la carántula escrutadora, el puñetero Damocles blandiendo su tizona por los pasillos y al pie de las escaleras. No intentes halagarlo haciendo méritos, porque los echará por tierra para que nada le haga sombra. El jefe tonto concentra en su magnífico aturdimiento el infortunio de la oficina, del proyecto, de la entidad y de la Españona entera. El jefe tonto es un incordio, una lacra, una desgracia y una boñiga. Donde hay un jefe tonto no crece nada.

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