Jueves, 04 de Junio de 2026

Juan Vicente Yago
Jueves, 20 de Junio de 2019

El desnivel

Uno de cada seis universitarios valencianos no acaba la carrera, y en toda España son uno de cada cinco. Es un porcentaje desmesurado, escandaloso, absolutamente inverosímil si tenemos en cuenta que se trata de chavales que han pasado la infancia jugando al Fortnite y a otros muchos juegos informáticos que, según tienen demostrado los científicos, dejan la mollera hecha un primor. Por eso, y porque a base de fijar su mente durante días enteros en unas pantallas diminutas han conseguido inmunizarla contra cualquier distracción, resulta inexplicable que la universidad suponga para ellos, desde sus mismos inicios, un obstáculo insuperable. No se sabe a ciencia cierta si el fallo está en los contenidos de la secundaria obligatoria, si los jóvenes llegan a la universidad mal orientados o si les exigen esfuerzos titánicos, pero el caso es que uno de cada seis estudiantes en Valencia y uno de cada cinco en España encuentra insalvable de toda insalvabilidad el desnivel que hay entre la enseñanza secundaria y la universitaria.

 

No acaban la carrera, se rinden, abandonan; o empiezan un periplo dramático de facultad en facultad, sufriendo una vez y otra la humillación de comprobar que no son capaces de asimilar nada con la debida sufi ciencia. Luego, ya sin autoestima ninguna, desisten de su idealismo primigenio y toman el camino, más hacedero y práctico, de alguna formación profesional, con lo que una parte del abatido pelotón arriba sin mayores descalabros al concurrido puerto del trabajo. Queda, sin embargo, la parte más vulnerable: aquéllos que tampoco logran dominar el temario de la profesionalidad y se hunden, consternados, en el aniquilamiento del oficio azaroso. Rúan y se despean, aturdidos, desengañados, beodos, voceando habilidades traspasadas o inventadas; abren el zaquizamí clandestino, fundan el negociete abisal, practican el remiendo a deshora; y si la necesidad o el capricho aprietan hacen la visita nocturna, gatopardesca, de sombra en sombra y silbido para dentro, al camello de guardia, inaugurándose intoxicadores al por menor de lo propio y lo ajeno.

 

Es el grandísimo desnivel en cuya parte inferior están los proyectos y las perogrulladas, el caldo gordo a los padres y la ignorancia cooperativa, el miedo a perder alumnos y la novedad a ultranza, la enajenación táctil y el abandono de la escritura manual, el bufonismo docente y la directiva inquietante, mientras que arriba se mantiene la curiosidad universitaria por el saber, la exigencia inherente al aprendizaje superior y el carácter vanguardista, en las fronteras del conocimiento, de la cátedra y la investigación. Retumban, al fondo, los truenos de la natalofobia y el fragor espantable de muchos colegios en falso.

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