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Tiago, el robot, se ha reconocido en un espejo. Tiago ha observado su reflejo y ha tomado conciencia de sí. Incluso puede que, nuevo Narciso cibernético, se haya gustado. La robótica no será ya nunca la misma. Las inteligencias artificiales han dado el paso decisivo, el paso insospechado, el paso peligroso que supone autocontemplarse. Quizá nos hayan adelantado, aunque partiesen de muy atrás en la escala de la evolución: Tiago se ha visto en su realidad, en su integridad y en su verdad, mientras que los humanos, ahítos de Facebook, repletos de Instagram, perdidos en la feria de las vanidades, hemos dado un paso atrás para vernos en la falsedad, la parcialidad y la mentira que nos caracterizan.
El hombre ya no se reconoce cuando se mira en el espejo. Se ha fabricado una imagen apócrifa que proyecta sobre los demás con ridículo alborozo; ha caído en la vorágine del autorreportaje y en la tragedia de la valoración ajena. Cabe preguntarse, ante la fiebre de los likes y los emoticonos, qué ve una persona ocupada en acicalarse la existencia cuando se mira en un espejo. A juzgar por el escaparate de las redes, nuestros conocidos nadan en felicidad: todo son experiencias emocionantes y sonrisas congeladas; disfrutan del aprecio universal y están por encima de malquerencias y desengaños; pasan los días entre sorpresas, viajes, comilonas y ropa nueva. Su mirada, sin embargo, les traiciona con alguna frecuencia. En sus ojos —miradlos con atención— hay una leve tristeza, un descontento sutil, un extravío imperceptible; una señal de socorro que se intenta ocultar a fuerza de instantáneas retocadas y retratos calculados.
Hay cuentas de Facebook e Instagram que son auténticas colecciones de cromos; y uno se pregunta si sus dueños no estarán inflando el cojín de sus vacíos con el relleno equivocado, si podrán identificarse con la imagen que ofrecen al mundo. Ha sido noticia que un robot se reconozca en un espejo, pero no lo ha sido que miles de seres humanos no consigan reconocerse o, peor aún, que vivan convencidos de que su imagen fidedigna es la que titila, evanescente y frívola, en las pantallas. Tiago, el robot, como no siente ni padece, se ha reconocido en el espejo. Pero el hombre no lo tiene tan fácil en una sociedad egoísta que no empatiza, que desprecia el sufrimiento, que abomina del fracaso y rinde culto al dinero, a la popularidad y a la farándula. Feliz aquél que todavía se reconozca en el espejo.
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