Jueves, 04 de Junio de 2026

Juan Vicente Yago
Jueves, 02 de Mayo de 2019

La tradición como innovación

Opinió, per Juan Vicente Yago.

[Img #28244]Escribir a mano es bueno. Escribir a mano conecta más neuronas que aporrear una pantalla. Escribir a mano es la mejor manera de moldear el intelecto. Hay pruebas científicas recientes y fehacientes. Así que ha llegado el momento de incluir la escritura manual entre las novedades pedagógicas, de volver a la caligrafía como vehículo de aprendizaje, de aceptar que no todo es electrónico en la revolución de la enseñanza, de darnos cuenta de que resultaría muy innovador, por ejemplo, pedir a los alumnos de lengua y literatura que trabajasen esta materia utilizando una pluma estilográfica. Sería, seguro, una experiencia singular para ellos. Notarían cómo baja la tinta por el plumín; la sentirían transferirse al papel; percibirían el flujo del pensamiento y lo verían plasmado en la estampa traslúcida e inimitable que produce la pluma.

 

El tempo de la caligrafía, la cadencia pausada y relajante que necesita supondría también un excelente antídoto contra el atolondramiento, la precipitación y el nerviosismo que los niños adquieren a diario en la vorágine de los videojuegos, en la histeria de los dibujos animados y en el pandemónium de la vida paterna. Escribir con pluma exige reposo, autocontrol y perfeccionismo, una verdadera terapia para los estudiantes contemporáneos y un vehículo inmejorable para embaular conocimientos.

 

Descubrirían con más intensidad que nunca la satisfacción del propio manuscrito; verían, mejor que de ninguna otra manera, el reflejo de su carácter en los trazos personalísimos de su letra; reaprenderían a escribir. La pluma, utensilio tradicional, puede revelarse como instrumento innovador donde los haya; ser un portillo a la calma en medio del exceso de materias, de la prisa tonta de las programaciones y del adocenamiento de los profesores.

 

Hay un ordenancismo estúpido en las administraciones educativas, una exigencia desmedida e inexplicable de papeleo inútil, un lastre burocrático que arrastra los colegios por la pendiente de la catatonía. Un disparate y una intoxicación que podrían empezar a paliarse, aunque sólo fuese durante la clase de lengua, con la purga de la escritura manual; con el sosiego, la consciencia, la verdad y la catarsis de la pluma estilográfica. Recomendarla sería proporcionar a los alumnos un extractor de personalidad, una fuente de autoestima, un elevador del espíritu. Basta considerar el asunto desde una perspectiva equilibrada, sin prejuicios ideológicos ni snobismo chabacano, para convencerse de que no hay objeción posible: regresar a la pluma estilográfica sería el último grito de la innovación docente.

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