Jueves, 04 de Junio de 2026

Juan Vicente Yago
Jueves, 10 de Enero de 2019

Torpes de solemnidad

Opinió, per Juan Vicente Yago.

[Img #25371]Antes de hacer una crítica demasiado severa de la política española, tengamos la precaución de reconocer nuestra enorme torpeza. Hagamos una cura de humildad, admitamos que no somos tan inteligentes como suponemos, y démonos cuenta de que no acabamos de percibir las cosas en su verdadera esencia, sino deformadas por nuestra imaginación salvaje, roma y un sí es no es fascistoide. Agarrémonos al hecho, absolutamente apodíctico, de que no es lo mismo un pacto del PSOE con Podemos que un pacto del PP con Vox, por mucho que nosotros, torpes de solemnidad, lo percibamos así. Fiémonos del criterio, en todo superior al nuestro, de los analistas oficiales y llegaremos a comprender, por ejemplo, que un gobierno socialista sostenido por separatistas, filoterroristas y bolcheviques no es vergonzoso, mientras que uno de centro apuntalado por la derecha sí lo es.

 

Percatémonos de que nuestra mórbida propensión al fascio nos retuerce la mente hasta que consideramos adoctrinamiento de género y feminismo exagerado lo que sólo es defensa de las mujeres; o prevaricación, cohecho y clientelismo político lo que sólo es eficacia y vertebración administrativa; o rebelión, sedición y hasta golpismo lo que no pasa de regionalismo exquisitamente comedido. Como Alonso Quijano, vemos fantasmas; como el orate manchego, deformamos la realidad.

 

Nos encrespa el discurso de la nueva izquierda porque sintonizamos Trece Televisión, la Ocho Mediterráneo y otras emisoras tan privadotas como ellas, que nos lo muestran extremo y radical, en vez de pasarnos a la Primera y a La 2, que son requetepúblicas, auténticos dechados de objetividad informativa y nobles altavoces para los asuntos verdaderamente primordiales, como son la «visibilidad» homosexualoide, la demonización de lo masculino, la corrupción en la Iglesia, la maldad intrínseca de la monarquía, las excelentes virtudes de la república o la imperiosa necesidad, la terrible urgencia, la incuestionable obligación de sacar a Franco de su tumba.

 

Nos resistimos, dominados por una fobia completamente irracional, a sumergirnos en el remolino electrónico, a bogar encadenados al banco de la «red social», a cloroformizarnos con el fútbol y a chamuscarnos las neuronas con la mejor hierba de la comarca. No dejamos que los «indignados», los perroflautas y los libertarios nos curen de nuestro hieratismo: por eso nos resulta difícil seguir las modas que imponen, adoptar sus perspectivas, ver coherencia en el despiporre, disciplina en la sinvergonzonería y seriedad en el embuste. O quizá no somos tan fachas, al fin y al cabo. Quizá pretenden que lo parezcamos para disimular su inexplicable totalitarismo.

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