Jueves, 04 de Junio de 2026

Juan Vicente Yago
Jueves, 15 de Noviembre de 2018

Políticas de distracción

Opinió, per Juan Vicente Yago.

[Img #24004]Mientras el Tribunal Supremo luchaba por sacar adelante su costosísimo parto, la sociedad ya sabía perfectamente que sería ella y nadie más la que pagaría el impuesto sobre las hipotecas. Y lo sabía porque la cuestión del pagano ha gozado siempre de autonomía respecto a las decisiones judiciales. El estado no será nunca pagano, como tampoco lo serán los bancos. Para ser pagano hay que ser pobre o, todo lo más, no pasar de la medianía. Los ricos tampoco pagan, porque les premian el saldo en la cuenta en lugar de cobrarles por custodiarla. Sin embargo, nos mantenían en vilo; el gobierno, el Tribunal Supremo y hasta los bancos fingían una incertidumbre aguda, se mostraban sumidos en una zozobra miserere que sólo era una cortina de humo para vaya usted a saber qué artimañas.

 

Esto es, precisamente, lo que preocupa, este disimulo, este propósito de añagaza, este ocultamiento. Hacen como que dudan, como que lo están dilucidando, y lo saben ellos y lo sabemos todos. Cierto que hubo algún que otro cliente pintoresco, aferrado a la esperanza o esperanzado en la duda, que difirió unos días la firma de la hipoteca, pero fueron los menos. La inmensa mayoría tiene muy claro, desde hace mucho tiempo, quién paga la cuenta. Las elucubraciones judiciales, los debates parlamentarios, las noticias, cuando se trata de un impuesto, son la dilación, la moratoria del poder para que nos hagamos a la idea; un mimito que nos hacen, un señalar hacia otro sitio para que no veamos el hondón que nos van a endiñar. Al fin y al cabo, no es aquel tema o aquel otro: es la martingala de turno para que las multitudes no se rebelen.

 

Esa en apariencia dolorosísima emunción jurídica del Tribunal Supremo, esa representación que ha hecho de un esfuerzo agónico para elucidar lo que hasta Perogrullo sabía forma parte del panem et circenses del siglo XXI. Quiere decirse que las enconadas contiendas parlamentarias, las alambicadas controversias entre letrados, los debates de la 1 y los documentales de la 2 no tienen ya otro fin que distraernos mientras templan el pulso para darnos la puntilla; que la política y el Derecho se han integrado en la inmensa farsa del entertainment para sacarnos el jugo con más eficiencia.

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