Sábado, 18 de Julio de 2026

Juan Vicente Yago
Viernes, 28 de Septiembre de 2018

La política y mi lavavajillas

Opinió, per Juan Vicente Yago.

Mi lavavajillas no lava. Es el mismo de siempre: la misma botella, la misma etiqueta y el mismo líquido; todo igual, pero lava mucho menos. Quiero decir que lava muy bien al principio pero en seguida pierde las propiedades detergentes y queda en lavaza inactiva y apestosa. Sospecho que se trata del fenómeno que los conspiranoicos llaman «obsolescencia programada» y que se venía dando sobre todo en los aparatos electrónicos, aunque ya puede afirmarse que ha llegado a la cotidianidad sencilla de la droguería.


Estoy seguro de que hay alquimistas trabajando a conciencia para que mi lavavajillas conserve su aspecto de cuando era eficaz, siendo ahora, como es, un engaño infame; para producirme la ilusión de que lavo con él cuando, en realidad, estoy removiendo mugre con un cochino fraude. Lo que pago por esta impostura química es el precio de que lo sea; es el jornal de quienes han perpetrado mi estafa; es la retribución de la chufla que alguien hace de mi candidez. Observo con más atención el envase y descubro que las paredes han perdido grosor; escruto el producto y me doy cuenta de que tiene menos densidad: está descolorido, aguachinado en sinvergonzonería, convertido en bebistrajo de burla y avaricia.


Es un lavavajillas de pega; un brebaje hipócrita del que, por inercia, espero limpieza, pero del que sólamente obtengo un asqueroso bazuqueo de la cochambre. Y también es una triste alegoría de los políticos actuales, que andan a papirotazo limpio con sus títulos académicos y con sus trapisondas personales, pero no mentan para nada las colas del paro, ni la cercana desaparición de las pensiones, ni la cantidad escandalosa, bochornosa, desproporcionada, inmensa de negociados públicos que se han embutido en viejos caserones cuyos rellanos, alcobas y recovecos están repletos de biombos, mesas, fotocopiadoras, cafeteras, armarios y dispensadoras de agua entre los que pululan cientos, miles de paniaguados que las administraciones contratan a dedo.


No hablan tampoco del hacinamiento en las antesalas de la sanidad nacional ni de sus consultas de dos minutos y distribución de pacientes a base de pantalla críptica y papelito indescifrable. Y menos aún de la displicencia y la poltronería que se han extendido como una plaga entre la ingente masa funcionarial. Y nada en absoluto de lo que se va en facturas gordinflonas, mordisquitos al desgaire, latrocinio al por menor y bajamanerías varias a todo lo largo y ancho de nuestra insigne y longeva organización municipal.

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