Jueves, 04 de Junio de 2026

Juan Vicente Yago
Martes, 27 de Junio de 2023

Después de la rebelión

Opinió, per Juan Vicente Yago.

[Img #74935]Ortega predijo, con su trabajadota clarividencia, que la masa vulgar, consciente de su vulgaridad, y sin voluntad ninguna de combatirla, pondría todo su empeño en imponerla. Esto lo vaticinó el gran filósofo a mediados del siglo XIX, cuando la sociedad conservaba un resto significativo de la sofisticación y el sentido común que llegó a tener antes de la primera guerra mundial. D. José proyectó en la superficie de su futuro próximo las diversas líneas de fuga cuyo punto de origen era la rebelión de la ignorancia, la ordinariez y la grosería contemporáneas; y la imagen que salió fue un logrado retrato de las arbitrariedades y los cinismos intelectuales que caracterizan  el siglo XXI. Hizo todo lo que pudo con el material disponible, y no cabía pedirle más. Dejó esbozada la rebelión de las masas, tocó alarma en cuanto atisbó lo que se nos venía encima, pero no alcanzó a ver más allá, no adivinó hasta dónde llegaría semejante rebelión, lo cual no empaña un ápice su mérito. Bastante hizo con predecirla, con lograr el hito filosófico de apuntar lo venidero. 

 

La responsabilidad, la exigencia descriptiva, después de la rebelión, es para quienes habitamos el presente. A nosotros toca investigar las consecuencias de lo que ya se ha producido, seguir prediciendo el futuro a partir del ahora. Y lo primero que se ha visto, después de la rebelión, es que la masa vulgar, consciente de su vulgaridad, quiso imponerla no porque se ufanase de su condición, sino por todo lo contrario: la cáfila palurda se avergüenza siempre de su ignorancia, pero así como ayer sabía que la única forma de superar sus postraciones era el esfuerzo —aunque lo rechazaba—, hoy ha descubierto la manera de hacerlo innecesario: cohonestar sus postraciones para no tener que superarlas, darles carta de naturaleza por medio del relativismo. La vulgaridad hodierna ya no se impone porque sí —procedimiento revolucionario nada convincente—, sino que anula el sentido común sembrando la duda sobre todas las cosas.

 

La rebelión ha dormido a la razón, y han surgido monstruos en todos los órdenes; una teratología cuyas concreciones y corporeidades dejan tamañitas las tristezas y sordideces que Ortega imaginó. Porque hubo un primer momento en que los vulgares reivindicaron su vulgaridad, y en eso consistió la rebelión; pero luego, una vez rebelados, dejaron de reivindicarla y pasaron a ejercerla como si fuese algo normal y corriente, algo dado. Esa es la diferencia entre la rebelión de las masas, que fue, y la dictadura de la vulgaridad, que domina nuestro tiempo amparada por la ley no escrita —y quizá por eso más coercitiva— de la corrección política, ese miedo cerval a quedar fuera del grupo, de la tribu, del rebaño. Vivimos la edad gregaria de la historia, el siglo paradójico en que conviven los mayores adelantos, el saber acumulado más vasto, y la mayor zafiedad.

 

Pan y circo; pelis y series; voyeurismo y enseñaculismo; el más eficaz entretenimiento banal; una orgía de procacidades que no se reivindican porque ya están arraigadas, porque hay un soviet inmaterial, difuso, vaporoso, una bruma policial que lo envuelve todo e impone con mano de hierro lo que se puede o no decir y, casi, lo que se puede o no pensar. Después de la rebelión ha venido la corrección política, ese reflejo de autocensura colectiva por el ansia de integración. Hay un seguimiento preceptivo de la moda en cuanto a opiniones, una obligación de aceptar las consignas falaces del desgarro, y un escándalo y un ostracismo reservados para el heteróclito. Después de la rebelión ha sido la muerte del pensamiento independiente y el disfrazar de oropeles las abyecciones.

 

Se llama libertad al más cobarde acatamiento; se pregonan progresos que son atrasos y se acusa de los propios defectos al adversario. Después de la rebelión tenía que venir, necesariamente, la inmoralidad; era el trompicón inmediato, la siguiente desolladura en el pedregoso declive de la inteligencia. No nos habléis de polarización; no nos contéis que se agria el debate parlamentario. El mal no está en el congreso: únicamente asoma por él, como asoma lo fecal por el agujero. Lo que pasa es que ha culminado la rebelión de las masas, que se ha impuesto la vulgaridad y tiene a sus edecanes en los puestos de relumbrón. Después de la rebelión viene la decadencia, la ruina, el despiporre y el delirio; el uniforme proletario —chanclas y camiseta de tirantes— y a continuación, idefectiblemente, la clava, el mamporro, el duelo a estacazos, en su españolísima variante de las canillas enterradas, ese terrible definitivismo nuestro de impedir toda salida que no sea el descalabro mutuo.

 

Después de la rebelión llega el bastón para los díscolos, la cachiporra gorda para todo el que, reacio a ser integrado, esconda en el pliegue de una circunvolución desapercibida una pequeña dosis, una mísera papelina de nomenclatura sin adulterar.

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