Jueves, 04 de Junio de 2026

Juan Vicente Yago
Jueves, 07 de Enero de 2021

Obstinación

Opinió, per Juan Vicente Yago.

[Img #44861]ENTRE las tristezas que ha dejado claras la pandemia está la constatación, la patentización y la reconfirmación de que la teoría va por un lado y la práctica por otro; de que se apacigua la conciencia con reflexiones elevadas al tiempo que se cometen las bajezas de siempre; de que no hay suficiente constancia para dar al espíritu el nivel que necesita y se prefiere, a la mínima oportunidad, el porcino revolcón. El arresto domiciliario ha llenado el espacio electrónico de meditaciones conmovedoras, de patéticas autorrevelaciones, de referencias —auténticos ditirambos— en loor de la salud, la familia, los amigos y las cosas verdaderamente valiosas. Ha parecido que, con el vergajazo del confinamiento, había despertado la espiritualidad colectiva. Pero no: era sólo gesticulación, fingimiento, palabrería. En realidad se ha vivido el encierro como una represión, como un dique seco forzoso, a la vuelta del cual quedarán tamañitas Gomorra y Sodoma.

 

Basta con ver los últimos índices de acceso a la pornografía, o las explosiones de sublevación —los ya no puedo más, cada vez más frecuentes, en forma de jolgorios ilegales—. La soledad, el aislamiento, el tiempo no han servido para el examen de conciencia, sino para la obstinación, para el empecinamiento en lo mismo de siempre. La población se ha echado encima, en el mejor de los casos, una pátina sentimentaloide, buenista, panteísta —ese transporte alucinógeno de abrazar plantas y perros—, un platonismo espurio sin consecuencias prácticas, pero ha seguido removiendo con ilusión el carajillo de las obscenidades y las depravaciones. Quiere decirse que la multitud aguarda impaciente que reabran los garitos para volver a las andadas, para compensar con redoble de sodomismo y retriple de gomorrismo la maldita prisión; y que algunos partidos han visto la pandemia como una ocasión para camuflar el sectarismo legislativo y la monstruosidad ideológica.

 

Esto último es un escándalo, pero la masa rebelada guardará silencio a cambio del desenfreno enloquecido. Con la vista fija en la zanahoria de la vacuna —promesa de libertinaje inminente— se han olvidado la pésima gestión política y los fallos garrafales, como aquel desdichado hacinamiento feministurrio del que no se pedirán responsabilidades. Ahora sólo interesa la vacuna, el portillo que conduce al nuevo pizpiretismo, al enseñaculismo recobrado que ganará intensidad en proporción a la espera obligatoria. Esta pandemia, cuando haya pasado, y con las excepciones pertinentes, habrá convertido al populacho en un caldero a presión, en un desatinado anhelo de reincidencia. No se revisarán las prioridades, no se corregirán los errores, no se recapacitará, porque se lee poco y se ve mucho la tele, porque va el personal ciego de viagra y se ha dejado encadenar con muchísimo gusto en la galera del instinto.

 

Están las mentes colmadas de playas y merenderos, de tangas y tardeos, de guarradas y escapaditas al parador, de compras y más compras, de pantagruelismos y refociles, y no queda espacio para sacar a los padres de las residencias, arrancarse los alquitranes pornorijo-sos, optar por los paliativos, vivir tranquilo en la propia localidad, estar con los niños, alimentar el alma, cultivar la mente y vivir más con menos.
Algunos, entre la muchedumbre, han descubierto los pequeños detalles y han sentido el impulso de darles el valor que se merecen; pero la mayoría, hechizada por la fosforescencia de la «normalidad» que se ve al final del túnel, ha vuelto a caer en lo mismo de antes, de ahora, de siempre: la sensualidad y el error, la perspectiva deformada y el arrullo del espejismo.

 

El pijerío seguirá construyéndose un invernadero de billetes, empleando mucamos —ahora retribuidos por mandato legal—, jactándose de blasón y exhibiendo ejecutoria para combatir la morriña del antiguo régimen; y la pobretería llenando el bandullo de pipas, hamburguesas y bollería industrial para compensar la falta de lujo; y todos buscando la ocasión de rebozar el pellejo en la cochiquera de la concupiscencia, y dejando que les cambien la preciosa religiosidad por cierta bisutería lacrimógena, cierta emotividad chirle que viene disuelta en los telefilmes americanos. La obstinación colectiva es tal que que mantiene al vecindario inmunizado ante cualquier impulso reflexivo, ya venga de la experiencia personal o de una señora pandemia, de modo que domina el cotarro una suerte de sostenella y no enmendalla irracional, instintiva, pura dejadez y reivindicación obscena. D. Quijote no enloquecería hoy a base de lectura, sino de pantalla, con lo que acabaría siendo un pobre alucinado, sin enjundia ni dignidad. La obstinación es el signo de los tiempos.

 

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