Día Martes, 02 de Junio de 2026
Día Martes, 30 de Junio de 2026
La tranquilidad espuria; la tranquilidad insensata; la tranquilidad hipnótica; el engaño de archivar la vida, el trabajo y el secreto en esa nube informática instalada no se sabe dónde por no se sabe quién. Aprieta uno el botón y experimenta el sosiego etéreo, el sosiego infundado, el sosiego traicionero de consignar la profesión, el ocio y la memoria en un cubículo electrónico. Las grandes computadoras que constituyen la nube simbolizan la fantasmagoría, el sueño, el espejismo, la virtualidad en que vamos cayendo; un sucedáneo del infinito que, sin embargo, se queda corto a intervalos regulares.
La nube se presume insondable, inasible y totalmente inviolable; pero es limitada, está expuesta y resulta sorprendentemente vulnerable. La humanidad vive tranquila con sus cosas en la nube, y los organizadores de la nube comercian felices con las cosas de la humanidad. Porque hoy no cuenta la sociedad de la información, sino la información de la sociedad. Somos carne de anuncio, rebaño confundido, masa consumidora especialmente rica en datos. Han diseñado una engañifa para sonsacárnoslo todo; un procedimiento sencillo y nada caro para enterarse de nuestras preferencias turísticas, de nuestros gustos culinarios, de nuestras inclinaciones políticas, de nuestras alegrías y de nuestras frustraciones: regalarnos un escaparate y dejar que nuestra vanidad haga el resto. Nos invitan a prescindir de álbumes y carpetas, a olvidar las llamadas y a dejar de amontonar discos compactos. Nos aseguran que tenemos un espacio privado en la nube; una parcela para cada uno. Pero es mentira.
Lo que nos dan es un cubilete donde verter nuestras intimidades, un cangilón de noria que las va subiendo a una planta de proceso donde son escudriñadas, clasificadas y vendidas. La nube cibernética, el pósito artificial donde todo cuelga de un hilo ha conseguido inspirarnos, misteriosamente, una serenidad apócrifa, una calma ingenua y una confianza conmovedora. Cargamos el material y pulsamos lindamente la tecla. Y luego ruamos alegres, despreocupados, pensando que lo tenemos en algún sitio y podemos recuperarlo en cualquier momento; aunque no es cierto. Lo hemos perdido. Lo hemos cedido. Le han extraído la esencia en la potente almazara electrónica y sólo podemos verlo a través de una pantalla. Esa existencia embustera que nos brinda la nube nos mengua, nos vaporiza, nos deforma, nos embauca, nos embrutece y nos aturde.
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