La devaluación de la canción
Opinió, per Juan Vicente Yago.
La figura del cantante ha perdido su magia; se ha devaluado por culpa de la enorme abundancia de programas y programitas dedicados a las habilidades canoras de la población. Las grandes figuras del pop ya no lo son tanto porque se ha demostrado que no son tan únicas como parecían; que miles de aficionados pueden igualar, sin apenas esfuerzo, sus proezas vocales; que sólo tuvieron éxito porque la sociedad, repleta de cantantes iguales o mejores, les tuvo lástima y quiso dejarles paladear un minuto de gloria. Tanta permisividad, sin embargo, ha terminado. Empezaban a comportarse como divos, a pensar que su talento era exclusivo, a mirar al populacho por encima del hombro, a entronizarse. Había que bajarles los humos, y para ello se ha optado por el expeditivo procedimiento de abrirles los ojos, de probarles que cantar es fácil, de sacar a relucir los miles de cantantes que les calcan el numerito.
Los cantantes famosos han quedado en evidencia, sepultados bajo una enorme avalancha de cantantes anónimos que cantan igual de bien y además arreglan grifos, conducen taxis, dirigen bancos o pintan fachadas. Adiós al mito del ensayo continuo, del ahínco y la constancia, del sudor. El mundo está lleno de cantantes que se hacinan en las poblaciones a la espera de su oportunidad.
Cada barrio es una una tetera que silba, una olla pletórica, un volcán que los expulsa por los aliviaderos audiovisuales. Hay una masa rebelada que se pregunta por qué puñetas no puede vivir el mismo cuento de hadas que viven los ídolos de la canción; que no acaba de comprender este reparto de papeles, tan descompensado, entre admirados y admiradores; que reclama un reparto justo de pedestales donde justo es uno para cada hijo de vecino. Eso que haces tú también lo puedo hacer yo y mejor, y enseguida vas a verlo porque para eso hay castings y operaciones triunfo, y si mi cara no te suena todavía no te preocupes que dentro de poco te sonará.
El pop no es ya un olimpo inalcanzable, ni sus astros rutilan en el fondo negro del infinito: el escenario pertenece a las clases populares, que lo han asaltado con el ariete de la ignorancia y el atrevimiento de una inefable arbitrariedad. Lo que fue admiración se ha convertido en imitación, y para lo que se requirió habilidad basta hoy la mera voluntad. La canción se devalúa porque un cantante ya no nace ni se hace, sino que forma parte del abanico de opciones entre las que todo quisque puede picotear; porque todos podemos cantar si nos lo proponemos; y tener un club de fans, una página web, una dirección de Facebook, otra de Twitter y hasta un álbum en Instagram, y reinar en las brumas efímeras de frikilandia.
La figura del cantante ha perdido su magia; se ha devaluado por culpa de la enorme abundancia de programas y programitas dedicados a las habilidades canoras de la población. Las grandes figuras del pop ya no lo son tanto porque se ha demostrado que no son tan únicas como parecían; que miles de aficionados pueden igualar, sin apenas esfuerzo, sus proezas vocales; que sólo tuvieron éxito porque la sociedad, repleta de cantantes iguales o mejores, les tuvo lástima y quiso dejarles paladear un minuto de gloria. Tanta permisividad, sin embargo, ha terminado. Empezaban a comportarse como divos, a pensar que su talento era exclusivo, a mirar al populacho por encima del hombro, a entronizarse. Había que bajarles los humos, y para ello se ha optado por el expeditivo procedimiento de abrirles los ojos, de probarles que cantar es fácil, de sacar a relucir los miles de cantantes que les calcan el numerito.
Los cantantes famosos han quedado en evidencia, sepultados bajo una enorme avalancha de cantantes anónimos que cantan igual de bien y además arreglan grifos, conducen taxis, dirigen bancos o pintan fachadas. Adiós al mito del ensayo continuo, del ahínco y la constancia, del sudor. El mundo está lleno de cantantes que se hacinan en las poblaciones a la espera de su oportunidad.
Cada barrio es una una tetera que silba, una olla pletórica, un volcán que los expulsa por los aliviaderos audiovisuales. Hay una masa rebelada que se pregunta por qué puñetas no puede vivir el mismo cuento de hadas que viven los ídolos de la canción; que no acaba de comprender este reparto de papeles, tan descompensado, entre admirados y admiradores; que reclama un reparto justo de pedestales donde justo es uno para cada hijo de vecino. Eso que haces tú también lo puedo hacer yo y mejor, y enseguida vas a verlo porque para eso hay castings y operaciones triunfo, y si mi cara no te suena todavía no te preocupes que dentro de poco te sonará.
El pop no es ya un olimpo inalcanzable, ni sus astros rutilan en el fondo negro del infinito: el escenario pertenece a las clases populares, que lo han asaltado con el ariete de la ignorancia y el atrevimiento de una inefable arbitrariedad. Lo que fue admiración se ha convertido en imitación, y para lo que se requirió habilidad basta hoy la mera voluntad. La canción se devalúa porque un cantante ya no nace ni se hace, sino que forma parte del abanico de opciones entre las que todo quisque puede picotear; porque todos podemos cantar si nos lo proponemos; y tener un club de fans, una página web, una dirección de Facebook, otra de Twitter y hasta un álbum en Instagram, y reinar en las brumas efímeras de frikilandia.



























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