Día Martes, 02 de Junio de 2026
Día Martes, 30 de Junio de 2026
El pobre sirgador lo pasa mal en verano, cuando no hay manta que agitar ni sábana de la que tirar; cuando no hay sirga que valga. La canícula deja inerme al sirgador, indefenso ante los bramidos que le acompañan el insomnio. Con la cama lisa no puede sirgar; está sin agarradero y con la identidad bajo mínimos. Desde tiempo inmemorial se ha ganado el sueño sirgando, tirando arriba y abajo, estirando como un poseso las telas y las entretelas, arrastrando mantas y cobertores en un intento frenético y agotador de lograr el silencio nocturno. El sirgador de noche, habituado a la sirga, no concibe otra manera de sobrevivir; no ha desarrollado nunca métodos alternativos; no sabe generar sonidos extraños, ni producir chasquidos desconcertantes, ni exagerar el carraspeo, ni dar patadas al aire: sólo es capaz de sirgar, de atoar a conciencia, con el tesón de un remolcador del Volga, con la nobleza de un burro de noria, con la inocente perseverancia de una bestia.
Sin embargo, en verano desaparece la sirga; le retiran la cuerda y, con ella, su instrumento de sosiego. El sirgador en el estío es un ser desesperado, una criatura doliente que sufre la tortura de buscar soga y no encontrarla, de querer tirar y no poder; que ve alejarse irremediablemente la barcaza de Morfeo; que sólo puede iniciar el áspero camino de la resignación, abandonar su derrengada osamenta en la orilla del camastro y experimentar la más terrible impotencia. Sabe sirgar, quiere sirgar, pero no tiene con qué. Y el ronquido continúa; el gañido aumenta; el fragor se diversifica y se multiplica; la escandalera cambia de ritmo, de timbre y de articulación hasta el virtuosismo. En ese momento el sirgante pierde la conciencia de la realidad, nota que se le deforma la percepción y sufre un espejismo; da unos manotazos en el aire, crispa los dedos como si fueran garras, coge una maroma imaginaria, se la ciñe a la frente y sirga como suele hacerlo en invierno.
Es un sirgador falso, que sirga de mentira, que no tira de nada concreto. Un resto de cordura se lo advierte desde algún repliegue de su cerebro, aunque admitirlo resulta más duro que soportar el estruendo maldito, el insoportable retumbar del oíslo. De modo que prosigue su quimérico sirgar, su infructuosa tarea veraniega, su ímprobo recorrido a través del tálamo lirondo, su disparatada enajenación.
Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.
Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.22