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Joan Banyuls
Miércoles, 17 de septiembre de 2014

Un alcalde al desnudo

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Opinió, per Joan Banyuls.

Cuentan que en una ciudad del antiguo Reino de Valencia gobernaba un alcalde que creía ser más sabio y más poderoso que ningún otro que hubiera ocupado antes su cargo. El dirigente, conocido con el nombre de Arturo el del Futuro, gustaba de ser admirado, alabado, loado y toda suerte de adjetivos acabados en -ado, hasta que, como no podía ser de otra forma, acabó “endiosado” y “enamorado” de sí mismo.

Y sucedió que algunos de los peloteros mayores de la ciudad decidieron regalarle un traje a su bienamado, para que pudiera lucirlo con su percha en la infinidad de actos, celebraciones y eventos que programaba para poder publicitar su cuerpo serrano en las páginas del facebook. Este traje era especial, pues estaba fabricado con una tela que sólo era visible para aquellos cuyas alabanzas estaban dichas desde el pleno conocimiento y con todo el corazón. Vamos, que creían en lo que decían. Arturo estaba impaciente por estrenarlo ante todos sus fieles devotos y no hacía más que probárselo frente al espejo. Pero por mucho que miraba, no veía absolutamente nada, salvo su cuerpo desnudo menos ciertas partes que se hallaban tapadas por el consabido calzoncillo, de marca, por supuesto, que no había sido incluido en el regalo, y que por lo tanto no gozaba de las propiedades de la tela mágica.

Arturo se dijo para sí que era normal que él no viera la belleza del traje, pues su natural humildad le llevaba a no creerse la cantidad de parabienes que recibía cada día de sus “colaboradores”. Y llegó el gran momento. El alcalde se vistió con su terno y salió a la calle para presidir la procesión del Santo Patrón de la ciudad. Con el primero que se dio de bruces fue con Josemi Villar, quien por supuesto se llevó un susto al ver que Arturo iba desnudo. Sabía que sus frases de alabanza tenían el mismo valor que las que en su día le dedicó a Fernando Mut, o sea, “cero patatero”. Pero se guardó muy bien de comentar lo que veía, y en su lugar comenzó a halagar al preboste con toda clase de lisonjas. Arturo agradeció de corazón aquellas “sinceras” frases de su “amigo”, y salió a la calle con el pavo subido. Allí tropezó con Javier Soldevila, quien también se deshizo en elogios.

Los dos no veían el traje, pero callaron porque esperaban que Arturo les nombrara miembros de la comisión encargada de pedir la beatificación de Alberto Pina, “analista político y mártir”, quien seguro que desde donde estuviera contemplaba extasiado al acalde de Gandia y a su magnífico traje. En la plaza Major le esperaba el grueso de sus concejales y miembros de la ejecutiva de su partido, quienes cayeron postrados ante la “majestuosidad” del vestido del emperador, digo, alcalde. Ninguno vio nada más que el aire, pero todos cerraron la boca, no fuera que les acusaran de falsos, ¡por Dios! El alcalde tenia un subidón de adrenalina, y en cinco segundos colgó más de veinte fotos en sus páginas de las redes sociales.

Pero cuando comenzó el recorrido, un rumor recorrió las calles de Gandia. El pueblo murmuraba: “¡Pero si el alcalde va desnudo!”. Torró interpretó aquellas muecas como una muestra de la admiración que su pueblo le profesaba, y continuó su paseo con el ego hinchado por aquellas muestras de devoción, que en realidad eran las risas de unos ciudadanos que no estaban infectados por la el virus del “peloterismo”, y por lo tanto, veían al alcalde tal como era, o sea, un hombre desnudo sin ninguna de las virtudes que él pensaba poseer. Eso sí, sus calzoncillos, lo único verdadero que portaba, fueron valorados con un 9 sobre 10 en la encuesta encargada por el PP.

Quosque tandem abutere, Torró, patientia nostra? (Hasta cuándo abusarás, Torró, de nuestra paciencia?).

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